KEN WILBER Y LA IMPORTANCIA DE LAS ESTRUCTURAS DE CONCIENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD

En su libro La religión del futuro, el fundador del Integral Institute y cofundador de Integral Life Ken Wilber pone en la mesa de diálogo la ciencia Occidental y la espiritualidad Oriental que, según afirma, «jamás se encuentran». Su objetivo es trazar un profundo análisis integral del conocimiento religioso y espiritual del mundo que se nutra, al mismo tiempo, de los grandes avances científicos.

En el artículo que aquí presentamos, extraído de La religión del futuro, Ken Wilber pormenoriza las diversas estructuras de conciencia en la espiritualidad para acercarnos a su comprensión.

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Nuestra revisión global de los estados de conciencia y de su despliegue ha puesto de relieve que, por la razón que sea, la mayoría de los modelos occidentales de desarrollo no incluyen los grandes estados del desarrollo y que tampoco han tenido en cuenta cosas tales como la iluminación, el despertar o la metanoia. Estos, como ya hemos visto, se limitan a hablar de las estructuras de conciencia y de los estadios de las estructuras o visiones (que nos gobiernan tanto el modo en que despertamos como el modo en que nos desarrollamos). No está claro por qué, centrando su atención en las estructuras de conciencia y su desarrollo, los investigadores occidentales no tuvieron en cuenta los estados. Quizás fuese porque, cuando apareció la moderna psicología occidental, hacía mucho tiempo que la mayoría de las religiones habían renunciado al desarrollo de los estados contemplativos y no había, en consecuencia, muchas personas que hubiesen alcanzado estadios de los estados superiores al ordinario o al sutil.

Pocas oportunidades había, en esas condiciones, para cobrar conciencia de un posible desarrollo de estados. Las estructuras, por su parte, aunque no resulten accesibles a la introspección, la fenomenología, la meditación o la contemplación (y que rara vez se encuentren, como ya hemos dicho, en las distintas tradiciones de sabiduría), se ponen claramente de relieve a través de estudios como, por ejemplo, el estructuralismo evolutivo. Por eso, los modernos investigadores que han utilizado estas herramientas han llegado de manera casi unánime a la conclusión de que todo ser humano empieza su vida en algo semejante al estadio arcaico (sensoriomotor, fisiológico/alimentario, indisociación/fusión) y que, desde ahí, empieza su proceso de desarrollo a través de una secuencia de distintos estadios de las estructuras que va desde el estadio mágico hasta el mágico-mítico, el mítico, el racional y otros estadios superiores.

No es de extrañar, por tanto, que los estudiosos del desarrollo adviertan la presencia, en todos los seres humanos, de los mismos niveles en todas las líneas estudiadas. También hay que incidir en el hecho de que el desarrollo de los estados es un proceso generalmente voluntario y elegido.

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Quien quiera cambiar su centro de estado de gravedad desde el estado ordinario hasta el sutil, el causal, etcétera, deberá asumir una práctica o una serie de prácticas concretas, algo a lo que muy pocas personas se muestran dispuestas.

A diferencia, pues, de lo que pasa con el desarrollo de las estructuras, que se suceden de manera natural a lo largo del proceso de desarrollo, el desarrollo de los estados es algo raro, esporádico y, a menudo, idiosincrático. Como el desarrollo de las estructuras ocurre en todo ser humano, independientemente de que lo decida, las poblaciones examinadas por los desarrollistas mostrarán varios estadios de las estructuras, pero muy pocos —si es que descubren algunos— estadios de los estados. De ahí la predominancia, en los modelos occidentales modernos, de una secuencia de estadios de las estructuras (o niveles de la evolución) que se ven obligados a atravesar las distintas inteligencias múltiples (o líneas del desarrollo), es decir, de líneas que atraviesan distintos niveles o de aptitudes horizontales que atraviesan distintas altitudes verticales. Estos niveles se hallaban por doquier mirase el desarrollista, lo que explica que sus modelos, mapas y teorías se centren casi exclusivamente en ellos.

No es que los modelos occidentales fuesen especialmente antiespirituales, seculares ni que se empeñasen en eludir los estadios transpersonales, sino simplemente que eran muy pocas las personas estudiadas que habían alcanzado esos niveles superiores.

Y ello no solo afectó, como acabamos de ver, a los estados superiores, sino también a las estructuras más elevadas. Cuando los investigadores evaluaron a las personas utilizando instrumentos o metodologías como el estructuralismo dinámico, por ejemplo, descubrieron que la gran mayoría detiene su proceso de desarrollo adulto en alguno de los estadios de la conciencia de primer grado (como, por ejemplo, la religión fundamentalista mítica, el materialismo científico racional moderno o el multiculturalismo postmoderno).

Es muy extraño que el individuo se desarrolle hasta los escalones-estructuras integrales propios de la conciencia de segundo grado, y más todavía que llegue a los escalones-estructuras supraintegrales característicos de la conciencia de tercer grado. De hecho, la investigación basada en la obra de Clare Graves realizada al respecto sugiere que el porcentaje de individuos que actualmente han alcanzado la conciencia de segundo grado gira en torno al 5%, el de quienes han alcanzado el estadio superior de la conciencia de segundo grado (es decir, el nivel visión lógica superior, centauro tardío o fulcro 8) es de un 0,5% (lo que significa, 1 de cada 200 personas) y que el número de quienes se hallan en la conciencia de tercer grado es solo, en el mejor de los casos, una décima parte de eso. No es de extrañar, por tanto, que, cuando el investigador estudie la población promedio, muy pocos de los cuales son meditadores avanzados, descubra muy pocas personas que hayan alcanzado la conciencia de segundo grado y mucho menos todavía las estructuras transpersonales, supraintegrales o espirituales del desarrollo propias de la conciencia de tercer grado.

Conviene subrayar una vez más que no se trata de que los investigadores occidentales fuesen deliberadamente antiespirituales, sino que muy pocas de las personas a las que investigaban estaban comprometidas en prácticas que se ocupasen de estados más elevados (más allá de ordinario o sutil) o de estadios de las estructuras más elevados (más allá de la conciencia de primer grado). Y, como muy pocas de las personas que estaban investigando se habían adentrado en los reinos prepersonal y personal, no es de extrañar que los investigadores soslayasen los niveles transpersonales y transracionales auténticamente espirituales (y muy distintos, por cierto, al nivel de la religión mítica prerracional).

Merece la pena recordar que, al descubrir la dirección clara y evidente del desarrollo evolutivo —que va desde lo prerracional hasta lo racional e incluso a niveles superiores aparentemente transracionales—, postularon, más allá de las estructuras-niveles superiores de la conciencia de segundo grado, la existencia de niveles transpersonales, místicos y espirituales más elevados. Lawrence Kohlberg, por ejemplo, afirmó que, más allá de su nivel más elevado (el nivel 6), había un séptimo nivel al que denominó universal-místico. Abraham Maslow, por ejemplo, descubrió, más allá de su nivel de autorrealización (segundo grado), un nivel más elevado al que llamó autotrascendencia (transpersonal de tercer grado), y Susanne Cook-Greuter expandió el espectro del desarrollo del ego de Jane Loevinger más allá del centauro de segundo grado en busca de estadios de tercer grado, cosa que también hicieron Jenny Wade y Clare Graves.

En general, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente y (aparentemente) jamás se encuentran. Los sistemas orientales (y los sistemas contemplativos occidentales) trabajaban con estados y estadios de los estados del desarrollo, es decir, con el despertar (en comunidades de personas que habían asumido voluntariamente prácticas meditativas o espirituales que les permitían acceder a los estados elevados de conciencia que tan cuidadosamente estaban cartografiando), razón por la cual incluyeron, en sus mapas, estados elevados de iluminación, despertar y liberación.

Los sistemas occidentales, por su parte, trabajaban con estructuras y estadios de las estructuras y se concentraban en el desarrollo, pero sin llegar a incluir, por las razones anteriormente aducidas, los estadios más elevados del desarrollo (es decir, los niveles transpersonales y supraintegrales propios de la conciencia de tercer grado). Así pues, las teorías occidentales se centraron en la verdad relativa, pero sin la menor comprensión de la verdad última, del despertar y de la liberación, mientras que los sistemas orientales se dedicaron a hablar de la verdad absoluta, la iluminación y el despertar último y tenían, en consecuencia, comprensiones muy pobres y limitadas de la verdad relativa y de las estructuras del desarrollo.

Por eso, durante casi toda la historia de la humanidad, estas dos importantes secuencias del desarrollo —los estados del despertar y las estructuras del desarrollo— nunca han llegado a complementarse adecuadamente.

A ello se debe, por desgracia, que la humanidad —tanto oriental como occidental— haya estado, hasta la fecha, tan profundamente fragmentada. Podemos ver muestras evidentes de esta fragmentación en casi cualquier área en la que miremos, desde la filosofía hasta la psicología, la teología, la meditación, el gobierno, los sistemas legales, los sistemas educativos, los sistemas familiares, los acuerdos empresariales y financieros y las relaciones de sexo y de género, por nombrar solo unas pocas. La historia de la humanidad ilustra perfectamente la historia de esta fragmentación.

Una de las ventajas de la teoría integral es la de unificar ambos ejes del desarrollo, una actividad que se ve favorecida por el descenso y la emergencia de los niveles integrales propios de la conciencia de segundo grado dispuestos a emprender este tipo de tareas totales.

Los estados y las estructuras son muy importantes, pero por razones muy distintas. Aquellos nos abren a dominios cada vez más profundos de la realidad, a reinos de la Talidad de la Presencia cada vez más próximos a la Vacuidad última, la Realidad absoluta y la Gran liberación.

Los rasgos profundos de esos estados/reinos determinan los fenómenos que emergen (objetos ordinarios, objetos sutiles, objetos causales y objetos no duales) o, dicho de otro modo, el estado es el que determina el qué de la manifestación. El desarrollo a través de los estados nos hace cada vez más presentes a la Presencia, el núcleo mismo de la Realidad tal cual es, su Talidad, Esidad y Esencia. Las estructuras, por su parte, determinan cómo se interpreta y experimenta cualquier experiencia, incluidas las experiencias de estado y las experiencias meditativas. Una experiencia cumbre del reino causal superior, por ejemplo, estará marcada por los rasgos de las estructuras profundas propias de ese reino/estado, pero sus detalles y peculiaridades dependerán de la estructura que haya tenido la experiencia (en los 4 cuadrantes). Como ya hemos dicho en varias ocasiones, una experiencia mítica de lo causal es muy diferente a una experiencia integral de lo causal.

https://www.letraskairos.com/sabiduria/ken-wilber-y-la-importancia-de-las-estructuras-de-conciencia-en-la-espiritualidad




Volver a imaginar nuestro futuro colectivo después del coronavirus

La pandemia de la Covid-19 ofrece oportunidades inesperadas para reevaluar nuestras acciones y reimaginar nuestro futuro colectivo.


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Es evidente que está en marcha una tragedia humana provocada por la pandemia de coronavirus. Pero aunque algunas oportunidades quedan disimuladas detrás de los tapabocas, quizás la crisis ofrezca la oportunidad de reevaluar y reimaginar nuestro futuro colectivo.

Frente a la profunda injusticia social y el colapso del eco-clima, la necesidad de una transformación social a gran escala nos puede parecer obvia, pero el statu quo existente siempre tiende a prevalecer. Durante la Covid-19, ¿se alterará la vida tan profundamente que finalmente podamos romper con este patrón persistente?

Hay algunos motivos para la esperanza. La pandemia ha llevado inadvertidamente nuestras comunidades a lo que el sociólogo Karl Jaspers llama un «espacio liminal», un entretiempo en el que las viejas formas de vivir y pensar ya no son relevantes, pero todavía tienen que surgir nuevas formas para reemplazarlas.

También podríamos llamar a esto un espacio «luminal«: un tiempo de cálculo sin precedentes que expone la imaginación colectiva a la luz del día, con verrugas y todo.

Después de todo, la sociedad es posible gracias a la red invisible de significados que impregna la vida social: es a través de las redes y capas de significado que la sociedad sabe qué valorar, qué priorizar y qué trayectoria seguir.

La mayoría de las veces, estas redes y capas de significado parecen tan comunes que no las reconocemos como producto de nuestra imaginación colectiva. Esto es un recurso necesario para la interacción y la cohesión social, pero también es peligroso.

Por ejemplo, en la sociedad contemporánea pensamos que el crecimiento económico es un hecho necesario, pero la disposición a aceptar algo como un hecho nos hace impermeables a sus defectos, incluso cuando amenazan la salud y el bienestar de la población a la que la economía pretende servir, y cuando el crecimiento continuo pone en peligro a la propia Tierra.

Pero en tiempos como estos, tales profesiones de fe se ponen en evidencia por lo que son, y pueden ser más fácilmente desafiadas, mientras que lo que hemos dado por sentado durante tanto tiempo se revela como algo fuera de lo común.

La Covid 19 nos ha mostrado, por ejemplo, que algo tan mundano como un viaje al supermercado es extremadamente precioso. La idea de la escasez de alimentos, la vulnerabilidad de la cadena de suministro y la importancia de los trabajos «no cualificados» se hace mucho más evidente – piense en la considerable habilidad y competencia que han mostrado muchas tiendas de alimentos (tanto las independientes, como las cadenas) para hacer frente a las urgentes y complejas demandas que han surgido de repente.

Por el contrario, los llamados «creadores de riqueza» y los «trabajos basura» están demostrando que no son tan indispensables, después de todo. También vemos el papel central e insustituible que desempeñan los gobiernos: la necesidad de coordinación, de una comunicación clara y masiva, de apoyo financiero y de planificación que son fundamentales para el manejo exitoso de crisis como la del coronavirus. Estas no son cosas que las empresas o los ciudadanos puedan hacer solos.

El virus está exponiendo el hecho de que las ideas centrales del neoliberalismo – un Estado mínimo y la magia del libre mercado – son también ficciones de la imaginación social o pública.

Por supuesto, los gobiernos pueden responder de manera deficiente, mientras que algunas empresas pueden demostrar un verdadero propósito social y muchos ciudadanos muestran una gran eficiencia organizativa. Pero nada de esto reemplaza al gobierno. El virus está exponiendo el hecho de que las ideas centrales del neoliberalismo – un Estado mínimo y la magia del libre mercado – son también ficciones de la imaginación social o pública.

Lo que la sociedad ha valorado más -trabajos ejecutivos altamente remunerados- y lo que ha subestimado sistemáticamente -trabajos como la enfermería, labores de cuidado formal e informal, el cultivo de alimentos, las tiendas de comestibles y los servicios básicos de infraestructura- se están mostrando como elecciones equivocadas con importantes consecuencias sociales.

Además, el coronavirus nos ha mostrado la importancia irreductible de la acción personal. Lo «personal» no sustituye a lo «político», sino que constituye lo político. Excepto por una momento de pánico en las compras y unos pocos despreocupados que han tirado la precaución por la borda en aras de una noche de fiesta o unas vacaciones improvisadas, parece que la mayoría de la gente, en el Reino Unido y en otros lugares, han respondido con respeto a los repentinos y enormes cambios que se les han impuesto.

Nos hemos esforzado por asegurarnos de que nuestros parientes ancianos estén seguros y bien equipados; nos hemos puesto en contacto con viejos amigos, y hemos compartido servicios, ideas y bromas; y hemos celebrado la incalculable labor de los que están en la primera línea de la crisis. Los extraños se sonríen más entre sí mientras negocian una distancia segura en los incómodos cuellos de botella. En efecto, paradójicamente, más distancia puede acercarnos.

En general, no se trata de comportamientos forzados, sino voluntarios y espontáneos, y también son intrínsecamente políticos: ¿cómo podemos ayudar a los que necesitan asistencia urgente? ¿Cómo se ve el alivio de la carga en el sistema de seguridad social? ¿Qué necesitamos que el gobierno haga en este momento? ¿Cómo podemos demostrar gratitud por la dedicación de los demás?

El coronavirus revela que es crucial contar con una población de ciudadanos activos y creativos, en lugar de una población compuesta por meros consumidores aislados.

Vale la pena destacar este punto porque hay una narrativa influyente (incluso en el movimiento ambientalista) que trata de disminuir el papel de la acción personal – tal vez porque es más fácil justificar los comportamientos nocivos de esta manera (como volar largas distancias y comer productos animales).

En resumen, el coronavirus revela que es crucial contar con una población de ciudadanos activos y creativos, en lugar de una población compuesta por meros consumidores aislados, el papel que cada vez más nos asignan los demás en la política y los medios de comunicación. ¿Qué significa esto a la hora de reimaginar nuestro futuro colectivo?

En tiempos de crisis -ya sea una crisis de salud pública, un colapso del eco-clima o una injusticia generalizada- enviamos un mensaje a los políticos y a los conciudadanos en nuestro comportamiento cotidiano, así que ¿por qué no hacer que ese mensaje sea un mensaje de ciudadanía, comunidad y responsabilidad mutua en lugar de un derecho individual?

Cambiando la base de nuestro comportamiento de esta manera podemos crear una imaginación colectiva radicalmente diferente, una nueva visión para el futuro de la sociedad que esté enraizada en la igualdad y la solidaridad; una que valore las cosas y las personas que añaden un verdadero valor a nuestras vidas, en lugar de extraer valor para el beneficio privado.

Ahora es el momento de pensar en todas las cosas que sabemos que se deben hacer, pero que no queremos hacer, y en cómo incorporar estos cambios en nuestras vidas.

Si el sentido del derecho sustenta nuestra imaginación actual y conduce a nuestro más preciada figura – la «libertad de elección» (volar en vacaciones, comer lo que queremos, ver a quien queremos cuando queremos y consumir como queremos) – entonces el coronavirus nos está mostrando que lo contrario también puede ser cierto: que la mayoría de la gente no valora el derecho por encima de todo, sino más bien las virtudes del afecto, la vecindad, la amabilidad, el apoyo y la creatividad. Todo esto es necesario para crear una sociedad que esté a la altura del desafío de responder de manera justa, valiente e imaginativa a crisis que son aún más gigantescas que la de la Covid-19.

Pero ¿cómo hacer que estos nuevos patrones de comportamiento se mantengan? Se me ocurren dos ingredientes esenciales: la conciencia y la práctica. La conciencia significa ser abierto con nosotros mismos y con los demás sobre lo que estamos aprendiendo; la práctica implica poner esas lecciones en acción.

Por ejemplo, cuando hablamos por Skype o lo que sea con nuestros amigos, familias y colegas, por qué no hablar de cómo construir sobre lo que valoramos de la pandemia después de que termine, o escribir sobre nuestras experiencias desde la perspectiva de los demás.

¿Qué debe significar ser un trabajador de primera línea mal pagado, y qué dice eso sobre el cambio de la forma en que valoramos los diferentes trabajos en el futuro? Póngase en los zapatos de aquellos con enfermedades crónicas o discapacidades cuyas vidas están en permanente confinamiento, pero que son en gran parte olvidados al mismo tiempo que el resto del mundo galopa desbocado. ¿Cómo se puede cambiar la estructura del cuidado en la sociedad? ¿Y cómo podemos transferir las lecciones aprendidas de la Covid-19 a la lucha contra el colapso del eco-clima?

Ahora es el momento de pensar en todas las cosas que sabemos que se deben hacer, pero que no queremos hacer, y en cómo incorporar estos cambios en nuestras vidas. Podemos usar el espacio liminal de la pandemia para practicar la vida de diferentes maneras, ya sea a través del veganismo, el localismo, el apoyo de la comunidad, o arreglándoselas sin cosas o coches.

Por último, eso puede ayudar a seguir recordándonos por qué esto importa: porque estas oportunidades de reimaginar la sociedad son muy escasas, y porque se lo debemos a aquellos que han muerto. Por eso debemos salir de esta crisis en mejor de lo que entramos.




Thoreau o la defensa de la vida salvaje

Una biografía definitiva detalla facetas nuevas del referente de culto de naturalistas

Lo dejó todo para irse a vivir a una cabaña y puso en práctica su experimento: dos años, dos meses y dos días con lo mínimo, “desnudo de equipaje” y sin cesar de investigar sobre el vínculo entre el hombre y la naturaleza. De esa experiencia vital que le marcaría surgió Walden , un libro de culto, aún hoy guía de muchos.

Henry David Thoreau fue tantas cosas que resulta difícil resumirlas. Agrimensor, conferenciante y fabricante de lápices. Naturalista, disidente, abolicionista, insumiso, ecologista, eremita, defensor de la desobediencia civil, Thoreau vuelve. Miradas de diversos sectores regresan hoy para rescatarlo como referente de quien fue, además, escritor, poeta y filósofo.

La profesora universitaria Laura Dassou Walls, autora de Henry David Thoreau. Una vida (Cátedra) explica cómo apareció el personaje en la suya. Un día sacó un librito verde de la estantería de una librería, “muy parecido a otro que había robado”. Tenía un título doble: Walden y Desobediencia civil. Abrió una página al azar y leyó: “Han pasado treinta años y no he recibido ni un buen consejo. No confiéis en nadie que tenga menos de treinta”.

Quedó atrapada, claro. De ahí surge este libro sobre el filósofo de la naturaleza que más ha influido en creadores posteriores y que se convierte en su biografía definitiva.

Henry David Thoreau (Concord, 1817-1862) construyó su casa en la Laguna de Walden, volvió a la esencia humana y en ella encontró lo social y lo emocional. El bosque, el universo, el respeto por la ley natural. Era capaz de leer en seis lenguas pero para él la literatura era sólo una: la universal. Los senderistas le adoran, los ecologistas también.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y libar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”, escribió.

Llevaba la insurrección en el ADN. Su abuelo materno, Asa Dunbar, ya había liderado en Harvard, en 1766, la “rebelión de la mantequilla”, que fue la primera protesta estudiantil registrada en las colonias americanas. Cuentan que Henry David Thoreau entró en Harvard como un chaval apocado de 16 años y salió de ella como un hombre trascendente, de ideas sólidas y, por supuesto, avanzadas a su tiempo.

Premoniciones y vigencia

Ecólogo, disidente, eremita, defensor de la desobediencia civil, Thoreau vuelve

Cruzó varias fronteras legales, dejó de pagar algún impuesto como queja simbólica (su oposición a la guerra mexicano-americana y a la esclavitud, gesto por el que acabó en prisión) y fundó junto a su hermano John una escuela donde estaba prohibido el castigo físico, que en aquella época era el pan de cada día. Más tarde sería la muerte de John –una infección al cortarse mientras se afeitaba– la que acabaría por sumir a Thoreau en una profunda tristeza, añadida a su inquietud habitual.

En marzo de 1845 William Ellery Channing (principal portavoz de los pastores unitaristas frente a los puritanos de Nueva Inglaterra) ya le había dicho: “Vete, construye una cabaña y comienza el gran proceso de devorarte a ti mismo, no veo otra alternativa ni esperanza para ti”.

Dos meses después, Thoreau se embarcó en ese experimento de dos años de vida sencilla que inició el 4 de julio de 1845, al mudarse a una pequeña casa que había construido en la tierra propiedad de Emerson (además de amigo, Thoreau fue instructor y cuidador de sus hijos) en un bosque de repoblación alrededor de las costas de Walden.

Eran catorce acres. Estaría a unos dos quilómetros y medio de su familia y no se desviaría de su experimento de absoluta observación, inmersión, en la naturaleza. Si le llamaban para una conferencia Thoreau contestaba: “Si voy al extranjero a dar una conferencia, ¿cómo podré recuperar el invierno perdido?”. Un argumento fiel a su famoso aforismo: “Vive en casa como un viajero”.

El libro distribuye todo ese valioso material para que nos sea útil ahora. Incluye material complementario: varios planos simplificados de la laguna de Walden, las cajas de lápices Thoreau, la reproducción de la popular portada de Walden con el dibujo que Sophia Thoreau hizo de la casa de su hermano, los muebles que diseñó él mismo, instrumentos de medición y objetos personales. También material fotográfico como el daguerrotipo tomado en Worcester y fechado en 1856, por ejemplo donde aparece con la típica “barba Galway”. Aunque, como detalla Laura Dasow, no había mucha imagen donde buscar: Thoreau sólo se sentó tres veces en la vida para ser retratado.​

Libros sobre los bosques y la vuelta a la naturaleza teñidos de reflexiones necesarias para la supervivencia del hombre contemporáneo –aquel que no quiera ser devorado por las prisas y el exceso– ya hace un tiempo que han vuelto al mundo editorial. Y parece que para quedarse. En ese sentido, obligatorio recordar el trabajo de la editorial Errata Naturae con un catálogo amplio y especializado.

Lo natural, sagrado

Creía que el más ligero cambio en la naturaleza podía llevar al fin de la humanidad

Y siguiendo al hombre que nos ocupa, el mensaje no se limita a la defensa de lo salvaje. Hay muchos otros frentes aliados a los que él mismo llamó “causas hermanas”: desde la causa contra la esclavitud a la defensa de la igualdad entre géneros o el derecho a ejercer de revulsivo antigubernamental, si se tercia. Ya Thoreau, defensor de causas justas, lo intuyó de joven: faltaba una interpretación que obligaba a remontarse al Manantial de la verdad.

Creía que incluso un ligero cambio en los procesos naturales –en invierno algo más de frío, una inundación algo mayor– podría llevar a la humanidad a su fin. La mínima y trivial modificación crea nuestro entorno. La realidad le está dando la razón. Dependemos, pues, de la naturaleza salvaje.

La influencia de la ciencia en las obras literarias de autores como Henry David Thoreau –no es el único, pero sí el referente– es crucial y, ahora que el equilibrio medioambiental se resquebraja más vigente que nunca. Si un autor apoyó insurrecciones, éste fue él.

Para la autora de la biografía, “fue un científico natural que nos dio la profunda poesía de la escritura de la naturaleza, un activista político que nos adelantó a adentrarnos en el gran experimento de la vida. ¿Dónde apunta el extremo de la flecha de Thahatawan? ¿Hacia el pasado o hacia el futuro?

Los últimos años, en Walden pasaban más de veinte trenes de pasajeros y otros tantos de carga, pero Thoreau quiso desafiar ese ruido diario del ferrocarril. Resistir. Los escritos de Thoreau pasaron a influir en muchas figuras públicas, desde líderes políticos y reformistas como Gandhi al presidente estadounidense John F. Kennedy o el escritor León Tolstói.

Martin Luther King anotó en su autobiografía que su primer encuentro con la idea de la resistencia no violenta fue la lectura de La desobediencia civil, de Thoreau, en 1944. Al fin de su vida, cuando ya sus bronquios dijeron basta, alguien le preguntó si ya se había reconciliado con Dios. Thoreau respondió: “Ignoraba que nos habíamos peleado”. El gran filósofo de la naturaleza murió a los 44 años y sus últimas palabras fueron: “Ahora viene la buena navegación”.

LIBROS SALVAJES PARA AMANTES DEL BOSQUE

Estos son algunos libros recomendados por el Consejo de Administración Forestal (FSC), que certifica la gestión sostenible de los bosques:

-El bosque. Intrucciones de uso (Obelisco), de Peter Wohlleben. Este guarda forestal sabe que en los bosques sucede mucho más de lo que parece y cuenta lo necesario para disfrutar una excursión.

-Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Galaxia Gutenberg), de Stefano Mancuso. El fascinante mundo de las plantas desde la ciencia: son sensibles, se comunican, duermen, memorizan, cuidan de sus hijos, tienen personalidad y toman decisiones.

-Invierno (Errata Naturae), de Rick Bass. En el valle del Yaak, en Montana, viven treinta personas, osos, lobos, coyotes… El autor, texano, relata su encuentro allí con el invierno, un paisaje feroz que reclama vidas para seguir avanzando.

-El diario del naturalista (Errata Naturae) de Nathaniel T. Wheelwright Bernd Heinrich. Dos reputados naturalistas enseñan cómo observar la naturaleza y sus cambios.

-Walden (Errata Naturae), de Henry David Thoreau.

-Diario Rural. Apuntes de un naturalista (Pepitas de calabaza) de Susan Fenimore Cooper. La hija del autor de El último mohicano relata la vida campestre en sus estaciones cuatro años antes que Walden.

-Laudatio Naturae (Línea del Horizonte), de Joaquín Araujo. Un libro dedicado al agua, el silencio, el vacío, los árboles, la vivacidad, los ciclos de la vida y la música de los pájaros.

-Un año en los bosques (Errata Naturae), de Sue Hubbell. Siguiendo el ejemplo de Walden, la bióloga marcha a la montaña con su marido, que pronto la abandona. A solas en el bosque crea su felicidad.

-Nuestra casa en el bosque (Volcano Libros), de Andrea Hejlskov. Una familia huye al bosque profundo para comenzar una nueva vida.

-El libro de la madera (Alfaguara), de Lars Mytting. Una guía sobre las mejores prácticas, un manual con consejos para elegir marido según el modo de apilar la leña y una meditación sobre el instinto humano de supervivencia.




«La vacuna del coronavirus ya la teníamos, y nos la hemos cargado»

ENTREVISTA A FERNANDO VALLADARES

La premisa de Fernando Valladares es que el virus es parte del ecosistema. Advierte de que puede ser el prólogo de lo que se nos viene encima si no cambiamos nuestra relación con la naturaleza.

Fernando Valladares trabaja en el CSIC. Se licenció hace 30 años con premio extraordinario y se doctoró con el mismo galardón. Su investigación aborda los impactos de los cambios climáticos en los ecosistemas terrestres, y durante la pandemia ha lanzado una serie de vídeos y artículos tremendamente llamativos, poco habituales en la prensa. Su punto de vista es macro: su premisa es que el virus es parte del ecosistema. Dice que el coronavirus puede ser el prólogo de lo que se nos viene encima si no cambiamos sustancialmente nuestra relación con la naturaleza.

PREGUNTA. Tengo la sensación de que en los últimos años se multiplican las enfermedades nuevas. El SARS, el MERS, el ébola, el zika… ¿Tenemos más información o realmente hay más brotes potencialmente peligrosos?

RESPUESTA. Hay más información y más capacidad para detectar patógenos, pero hay muchos más brotes de los que había hace 30 años. Tras esto, hay una combinación de factores. La degradación de los ecosistemas es uno fundamental: una fuente de problemas a muchas escalas. A esto hay que sumar la globalización, que hace que los patógenos viajen y contagien a una velocidad inédita. Ni la globalización es la misma ahora que hace 30 años, ni la población mundial es la misma ni el estado de la naturaleza es igual. Una zoonosis que entonces podía ser local deja de serlo a una velocidad brutal.

P. ¿Qué es la zoonosis?

R. Una zoonosis es una infección humana que tiene origen en un animal, mediada por un patógeno que puede ser una bacteria, un virus, un hongo, etcétera. Si en una ciudad china se produce una zoonosis, como ha ocurrido, la globalización hace potencialmente incontrolable ese brote, a no ser que se tomen medidas drásticas a una velocidad de vértigo. A escala global, es muy difícil. El Gobierno del país en cuestión puede ocultarlo, reaccionar tarde… Hay muchos factores para que una zoonosis puntual tenga hoy consecuencias catastróficas a escala mundial.

P. ¿Se sabe ya cuál ha sido el viaje del coronavirus desde el reino animal a nosotros?

R. Según la literatura científica, lo más probable hoy día es que el virus se haya originado en el murciélago. Allí ha estado mucho tiempo y ha podido evolucionar. El coronavirus específico que nos está afectando no es exactamente igual, ha mutado en otras especies animales intermedias. No se sabe exactamente cuántas y cuáles. Es una investigación tan apasionante como difícil, casi hay que cantar bingo, porque estudias el parentesco filogenético y te haces con una lista de sospechosos, pero luego has de dar con un ejemplar concreto que tenga el virus.

P. En este sentido, se habla del pangolín como ‘culpable’, pero me parece que se crea una imagen errónea, porque en esa ‘culpa’ sería fundamental la acción humana con esos animales. ¿Me equivoco?

R. No, claro que no. Es exactamente así. Primero, el que ha buscado el contacto con el animal no ha sido el animal. Segundo, en muchos de los casos, el animal es infeccioso porque lo hemos fastidiado.

P. ¿El virus es parte del ecosistema?

R. Sí. Tenemos que insistir muchísimo en que virus y patógenos hay por todos lados. Hay en el ladrillo de la entrada de mi casa, en una explotación forestal, en nuestras mascotas. Nunca vamos a poder matarlos a todos: no podemos matar a todos los murciélagos, a todos los pangolines, a todas nuestras mascotas, ¡a los ladrillos! Los virus están ahí. Lo que importa es en qué cantidad, y si estamos aumentando las posibilidades de que patógenos nuevos, para los que nuestro sistema inmune no está preparado, de pronto entren en juego. Si no es este virus, habrá otros. La cuestión no es “muerto el perro se acabó la rabia”, porque vendrá otra cosa, y lo transportará el gato, o el ratón. Demonizando bichos no vamos a arreglar nada.

P. Podría sonar paradojico, pero ¿a más especies animales menos posibilidades de que un animal nos pase un virus?

R. Sí. Lo que necesitamos son muchos bichos. Es el cambio de paradigma en el que yo quiero insistir. Vemos las selvas y otros parajes naturales salvajes con un temor ancestral. Nos parecen muy peligrosos para la especie humana respecto de las enfermedades. Pueden serlo, desde luego: puedes pillar un patógeno raro allí, pero esto sería una circunstancia muy local. Sin embargo, este proceso empieza a ser peligroso para la humanidad cuando los contactos aumentan de forma masiva. No es lo mismo que vaya un pequeño grupo de investigadores a la selva que grupos de turistas en autobús. Todas estas actividades llevan consigo una degradación del hábitat. Si tienes que hacer una carretera para llegar, empiezas a perder especies en el camino. Y aquí es donde entran los mecanismos que yo comento: la biodiversidad, un sistema natural rico en especies, nos protege; su degradación nos amenaza.

P. ¿Cómo nos protege la biodiversidad, exactamente?

R. Cuando hay muchas especies distintas, animales grandes y pequeños, carnívoros y herbívoros, mamíferos y reptiles, etc., se establecen relaciones de competencia, de depredador y presa, parasitismos, etcétera. Esta diversidad de interacciones hace que unas especies controlen a otras y regulen su población. Bien: ahora estamos en un escenario en el que no sabemos cuántos hospedadores hay para este virus. Pero sí sabemos que, en un sistema rico en especies, ningún hospedador favorable para el virus va a sufrir una explosión demográfica, porque su población está controlada por las otras. En cambio, si desaparecen especies, se puede dar la mala casualidad de que empiece a aumentar demográficamente una especie que es portadora de un patógeno potencialmente malo para nosotros. De manera que el primer nivel en que nos protege la biodiversidad es este: grupos de especies que controlan grupos de especies en un equilibrio.

P. ¿Es lo que usted llama “dilución de la carga vírica”?

R. Está relacionado, pero es distinto. Hay muchas especies potencialmente portadoras del virus, pero has de pensar que no en todas las especies el virus va igual de bien. En algunas, donde el virus va un poco peor, se produce un efecto cortafuegos. Esto se ha visto ya con evidencias. Siempre pongo el ejemplo de la enfermedad de Lyme, en este caso una bacteria, en la Costa Este de América del Norte. Esta enfermedad la transmiten las garrapatas, pero para ello tienen que estar un tiempo chupándole la sangre a algún mamífero. Entre los animales que tenían esta bacteria, y por tanto se la pasaban a la garrapata, que nos la pasaba a nosotros, estaban las zarigüeyas y los ratones. Pues bien: los ratones tienen una carga vírica muy alta, y las zarigüeyas muy baja. Cuando la biodiversidad está repartida entre ratones y zarigüeyas, la carga patógena media en las garrapatas que parasitan ambas especies es más baja que cuando desaparecen las zarigüeyas porque nos hemos cargado su hábitat natural. Desde este momento, los ratones transmiten la enfermedad de Lyme de forma mucho más directa y efectiva. Ahí te has quedado sin ‘dilución de la carga vírica’, y estás ante un nuevo brote con alta incidencia en humanos.

P. ¿Cómo afectan las condiciones sanitarias de un mercado, por ejemplo, en la capacidad de contagio de un animal que venden allí?

R. A los animales les pasa lo mismo que a nosotros. Si a ti te tienen metido en una jaula, te transportan 800 kilómetros y te dan de comer mal, y te hacinan, y te tienen así varios días hasta que por fin te venden para que te coman, tú has estado unos cuantos días estresado y tu sistema inmune baja, de manera que tu carga vírica sube. Esto no solo pasa con el coronavirus. Siempre pongo el ejemplo del herpes zóster: virus que tenemos y que, cuando el sistema inmune está bien, ni nos damos cuenta, pero en cuanto baja y aumenta nuestra carga vírica, se desarrollan los síntomas y nos convertimos en organismos infecciosos. Esto ocurre con los animales que se tienen en malas condiciones sanitarias: no solo ‘pobrecitos de ellos’, sino que se convierten en bombas de relojería biológicas.

P. ¿Dónde están instaladas estas bombas?

R. Tenemos esta combinación fatídica tanto en sistemas artificiales, como puede ser un mercado o una explotación ganadera —como vimos en la gripe aviar y la fiebre porcina—, como en la propia naturaleza cuando los ecosistemas se estropean. Si el ecosistema funciona bien, cada individuo, con su acervo propio de patógenos, está bien. Pero cuanto mayor número de elementos de estrés haya, el patógeno sube su carga vírica.

P. ¿Tiene algo que ver el calentamiento global con que haya más enfermedades que nos afectan a los humanos en los últimos años?

R. No solo el calentamiento, sino la destrucción de los ecosistemas provocada por distintas actividades humanas. Nuevos patógenos surgen por ejemplo con la desaparición de los hielos. Al fundirse glaciares y el permafrost, ya hemos visto nuevos virus, que estaban perfectamente congeladitos, y se ponen en circulación. Algunos de esos virus tienen potencial de afectarnos. Muchos son completamente desconocidos para la ciencia y no tenemos ni idea de qué función cumplen. Pero hay un riesgo.

P. ¿Cómo enfrentar esas pandemias futuras?

R. La mejor protección es la naturaleza. Es la mejor vacuna, y nos la hemos cargado. No me cansaré de repetirlo: la naturaleza hace una protección integrada. Igual no es perfecta, pero su protección es de amplio espectro, no te cuesta dinero, es sostenida y cumple muchas otras funciones. La naturaleza está de guardia las 24 horas del día. Los servicios que está haciendo para mantener las condiciones físicas, químicas y biológicas que reducen la carga vírica, para que los riesgos de la zoonosis tengan unas dimensiones pequeñas, son impagables. Vamos rescatando de la biobliografía y el conocimiento científico piezas que nos permitan saber con precisión cómo funciona esta protección, pero ya sabemos que es real.

P. Hay gente que piensa que el virus se originó en un laboratorio, que es una creación humana.

R. Hay negacionistas para todo. Esta mañana leía algunas cosas en Twitter que me producen vergüenza ajena y preocupación, porque empiezan a rescatar una y otra vez la teoría de la conspiración de los chinos, que hicieron esto en unos laboratorios, etcétera. Yo ya no sé, como científico, qué hacer para frenar esas conspiranoias peregrinas y paranoicas. Se sabe que el virus es de origen natural. No ha sido manipulado.

P. Aparte de la desaparición de ‘especies cortafuegos’, usted también señala los peligros de la desertificación en la expansión de epidemias, por otros motivos.

R. Sí. En el polvo del desierto y en la atmósfera contaminada, muchos patógenos aguantan más tiempo y viajan más lejos. Con esto no quiero decir que el polvo del desierto sea un medio de contagio peligrosísimo, pero son pequeños factores que, reunidos, aumentan la carga vírica generalizada. Uno de los conceptos importantes que hemos de dejar muy claros es que el contagio, con el virus, no es sí o no. Si a ti ahora mismo te viene un virus, ni te enteras. Pero si te vienen cien mil millones, tu sistema inmune colapsa. Por eso es tan importante el concepto de carga vírica. Pues bien: en la contaminación o el polvo del desierto, los virus permanecen en suspensión más horas. Entonces, si tú tienes a tu prima enferma y tose, y además respiras en una atmósfera contaminada, al final del día la carga vírica que tú has recibido por distintas vías es mayor, y las probabilidades de que un virus encuentre un momento en que tu sistema inmune esté más flojo, o una nueva vía de entrada a tu cuerpo, aumentan.

P. Además, según he leído, la contaminación también nos baja las defensas ante una epidemia respiratoria.

R. Claro. Lo mismo se aplica a la calima y al polvo del desierto. Te predispone a que la enfermedad respiratoria sea grave. Desde la ecología, muchas veces el mensaje es este: los problemas no son sencillos, tienen muchas causas y hay muchos factores. Igual que hay muchos animales portadores y muchas vías de llegar al virus, también hay muchos factores que lo pueden amplificar o atenuar. Y ahí es donde lanzo el mensaje de que una naturaleza que funcione bien, con unos ecosistemas ricos en especies y en procesos, es la mejor barrera contra patógenos.

P. Sin embargo, frenar ciertos procesos de degradación del medio natural significaría perder mucho dinero, ¿no?

R. A la hora de valorar los procesos naturales, se les pone el precio mal. Por ejemplo, se pone precio al valor de la madera contenida en un bosque, o a los procesos de polinización de las abejas. Pero ¿quién le pone precio a la función de protección ante la pandemia del coronavirus? Nadie está en condiciones de poner precio a eso, pero ahora sabemos que hubiera sido tanto dinero que no lo habríamos podido pagar. La función de protección de la naturaleza nos blinda ante virus como este y ante otros muchos. Desarrollaremos una vacuna y unos fármacos fantásticos que te atenúan los síntomas, pero será para este coronavirus. Mañana viene otro.Las súper bacterias resistentes se multiplican por la contaminación

P. En otras condiciones naturales mejores, ¿el coronavirus podría haber seguido existiendo sin que lo supiéramos?

R. Exactamente. Todo virus, bacteria, etcétera es parte del ecosistema. Si no nos afecta antes, o no nos afecta nunca, es en parte porque los ecosistemas están equilibrados. El coronavirus podría haber seguido existiendo en el mundo animal sin que nos diéramos cuenta, de no haber sido por una acción humana que ha terminado forzando la zoonosis. Es como si te metes en una selva y te quejas de que te ha devorado un jaguar, sin darte cuenta de que eres tú, con tu comportamiento, el que ha alterado el equilibrio del ecosistema y ha ofrecido al jaguar una fuente de nutrición inesperada.

P. Es fascinante que el virus ni siquiera esté propiamente vivo.

R. Sí, los virus son unos elementos fascinantes. Están ahí, en todas partes, encima de todas las superficies que pensamos que están limpias. Tienen una capacidad de mutar muy grande, y en realidad no son más que pinzas de información. Sin un lector al que conectarse (la célula), no son ni organismos, no son ni seres vivos completos. Por sí mismos, no hacen nada. Y van a estar ahí y han estado siempre. Hay que aprender a convivir con ellos. Algunos de nosotros sufriremos enfermedades. Intentemos que sean pocos. Pero hay que recalcar que los médicos solo tienen la llave de una de las puertas, y aquí hay un montón de puertas. Como se dice en Naciones Unidas, el planeta entero tiene una sola salud. Si provocamos un daño en un punto, no es una locura pensar que vamos a sufrir nosotros un daño en otro.

P. Los epidemiólogos se han quejado mucho de que no se les ha escuchado antes.

R. Y tienen toda la razón para quejarse. Han clamado en el desierto. Se hace mucho hincapié en lavarnos las manos, pero hay un paso previo en la prevención que es fundamental: lavarle las manos al medio ambiente. Ahora, cuando usamos guantes o mascarillas, no sabemos exactamente dónde estará el virus, nuestra protección es rudimentaria, probabilística. En cambio, una naturaleza funcional, donde la carga vírica global esté en niveles aceptables para nosotros y para todos los organismos intermedios que lidian con estos virus, la protección es enorme.

P. ¿Es un error pensar que estas enfermedades raras vienen de animales exóticos?

R. Y tanto que es un error. Ha salido un artículo que hace una revisión de los mamíferos en la Tierra y dice cuáles son los que tienen más virus y patógenos, y lo que es paradójico y triste es que nos rodeamos precisamente de estas especies. Hay 80 o 100 especies que se acostumbran a los hábitats degradados o semidegradados, con fuerte influencia humana, y están llenas de patógenos. Tenemos mucha tarea que limpiar ahí fuera. Nos viene bien que haya mucho de todo, no que haya mucho de unas pocas especies. Cuando determinados animales son los únicos que quedan, si les va mal a ellos, nos va mal a todos. En cambio, si hay especies alternativas, la función de control de patógenos no se pierde del todo aunque le vaya mal, por ejemplo, al jabalí. Y este es el mensaje que en esta pandemia tendríamos que aprender y aplicar.

P. Estos días salgo a tirar la basura y Barcelona huele a campo. Veo en internet imágenes de cervatillos por las calles de Burgos, delfines en el puerto de Málaga, y mis amigos me dicen que desde Madrid se ve la sierra como si estuviera al lado. Esto, que es agradable, ¿no estará infundiendo una idea errónea sobre la capacidad de restauración de la naturaleza?

R. Estamos tan escasos de buenas noticias que yo tampoco le aguaría la fiesta a la gente. Esas imágenes tienen una lectura que sí es incontestable: la naturaleza responde, tiene una capacidad sorprendente. Desgraciadamente, un mes o dos de confinamiento no van a resolver la erosión, la desertificación, la pérdida de especies o el cambio climático. De hecho, las especies que se aventuran en las ciudades son la primera tanda, las más adaptables y oportunistas. Ahora las ciudades están viendo mirlos, petirrojos… Bueno, no está mal. Si empezamos a ver ruiseñores o tarabillas, la cosa empezará a volverse más interesante. No es lo mismo ver un jabalí en la calle que una comadreja. Una compadreja te indica que el ecosistema ha recuperado mucho más que un jabalí.

P. ¿El calentamiento global provocará mayores daños que este virus?

R. Sí. Fíjate en las implicaciones económicas, sociales y psicológicas de este pequeño desajuste. Pues esto es un ensayo. Si recuerdas los incendios tremebundos de Australia, fue otro ensayo: fue una imagen del futuro. Un vistazo al fenómeno del fuego en escenarios de clima como los que se esperan para muchas partes del mundo. Aquello fue ver en el laboratorio australiano lo que puede ser habitual en un margen de 15 años. Y esto de las pandemias, que vendrán más, también lo es.

P. ¿No nos salvará la tecnología?

R. La naturaleza es la tecnología más avanzada que hay. Cuando la naturaleza no funciona bien, cuando traspasamos un límite en nuestra explotación de recursos, cuando se acumulan estos fenómenos de huella y degradación ambiental, ocurren estas cosas. Nos lanzamos hacia adelante pensando que la tecnología y la riqueza nos van a librar de todos los males, pero una economía que no tenga en cuenta la preservación del equilibrio natural será totalmente vulnerable ante estos golpes.

P. Luego vendrán los ‘capitanes a posteriori’ esos…

R. Pues dejemos claro el ‘a priori’. Hemos de ser proactivos y anticiparnos a las colisiones y a las crisis. Ahora sacan el vídeo de Bill Gates donde avisaba del peligro de esta pandemia, pero tienes un montón de gente inteligentísima avisando de las consecuencias del calentamiento y no haces nada. Ser proactivos nos permitiría hacer historia. Este experimento de confinamiento debería provocarnos suficiente trauma como para que frenemos y digamos: vamos a ver las causas últimas de esta pandemia. Porque a lo mejor el próximo patógeno resulta que no afecta al sistema respiratorio, ¿y de qué te sirven entonces los respiradores?

P. ¿Qué sería el éxito respecto de la lucha contra esta pandemia?

R. Cualquier éxito que tengamos contra este virus, después del daño que nos ha hecho, va a ser parcial y pírrico. Un éxito real hubiera sido que no nos afectase. Y no es imposible. Necesitamos una clase política que sea consciente del desafío. El éxito ante esta pandemia no es que podamos salir de casa, sino que el riesgo de volver a estar confinados, por esta enfermedad o por otra, sea tan bajo como era hace 30 años. Y no estamos como hace 30 años. Somos el doble de gente y tenemos la mitad de ecosistemas. Para volver a estas condiciones de tranquilidad, cuando las posibilidades de una DANA, de unos incendios como los de Australia o una pandemia como esta eran moderadas, pero bajas, tenemos que cambiar muchas cosas. Y no las estamos queriendo cambiar. Las medidas populistas y los parches no van a resolverlo, y estamos contra las cuerdas.

JUAN SOTO IVARS

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/2020-04-28/entrevista-fernando-valladares-coronavirus-vacuna_2569143/




Por las malas, el coronavirus nos hará entender que el dinero es un medio y no un fin

“Allí donde está el peligro, crece también lo que nos salva”, memorable verso de Hölderlin, en su poema Patmos, cuya vigencia se extiende, generosa, hasta nuestros días.

En particular, el verso del poeta alemán resuena como una evocación y un desafío, durante la pandemia que no sólo nos ha llevado a lidiar con el conflicto trágico entre la salud y la economía, sino que, además, nos hace monotemáticos. ¿Qué es entonces lo que nos salva no sólo del virus que nos asalta, sino, además, de los riesgos surgidos en el último par de siglos como serían el holocausto nuclear y el cambio climático, la sociedad del control y una inteligencia artificial emancipada de su artífice (en concordancia con un temor ancestral que se remonta a la leyenda del Golem)? Si el origen común de los peligros en cuestión no  es otro que la inmoderada ambición del homo sapiens que busca afuera lo que le falta adentro, una pregunta se impone enseguida. ¿Es posible hacer del reto que nos compete la oportunidad para repensarnos, para reiniciarnos, inclusive, como se estila en los cultos mistéricos por conducto de una experiencia extrema, según reza el guión del ritual oficiado en Eleusis? Intentaremos contestarla.

Si en lo relativo al coronavirus el número de contagios es proporcional al número de contactos, empezamos a entender que dependemos de los demás, como ellos de nosotros. Siglos después de la construcción del concepto de individuo, del latín individuus, indivisible, descubrimos el infundio, cuando reconocemos que el ser humano no adquiere su condición de tal haciendo abstracción de los demás, sino interactuando con ellos, para no hablar de la multiplicación de los yo de turno que rotan en el mismo cuerpo. No faltan los desvíos, sin embargo. En complicidad con la racionalidad instrumental, el ancestro reptil fomenta la codicia. En lo sucesivo, la naturaleza, el Estado también, se conciben como botín, y nuestros semejantes, como un medio y no como un fin. No en vano, Frans de Waal acuña el concepto de inteligencia maquiavélica para referirse al afán por acumular dinero y poder a ultranza, por sobresalir si fuera necesario o aún innecesario. No es la única pulsión que nos asecha, por fortuna. Como mamíferos sabemos que las crías mueren si no se les presta la debida atención, y más exactamente, si los adultos de su estirpe no se ocupan de ellas. Como mamíferos, hemos sido forjados por la solidaridad; verificada en el ámbito familiar, la hemos hecho extensiva, en alguna medida, a la sociedad, como quería Confucio. 

Mamífero y reptil, fue la doble condición del primate que se arrojó a la sabana a raíz de un cambio climático hace seis millones de años. Debiendo enfrentar en grupo feroces depredadores a riesgo de perecer si no lo hacía, el homínido articuló el individualismo con la solidaridad. De ese malabarismo surgió el lenguaje. Tarde o temprano el equilibrio fue roto. Cultos de salvación que nos dicen que el individuo se salva solo o se condena solo; capitalismo entendido como liberalismo económico, en tiempos de la globalización y el neuromarketing, que pone a competir a todos contra todos y en el que el estigma del pecador ha sido trasferido al perdedor, han socavado la solidaridad y potenciado el individualismo. Todo lo cual ha sido reforzado por las nuevas tecnologías, cuyas pantallas nos atrapan; ensimismados hacemos tránsito del consumo conspicuo (para humillar a los demás, de acuerdo con Veblen) al emocional (por el simple placer de comprar, según Lipovetsky) sin apenas notarlo.

No somos autosuficientes, dependemos de los otros. He ahí la moraleja derivada de la pandemia que nos aqueja, traumática experiencia que acaso azuce al mamífero y modere al reptil que cada uno lleva adentro. Quizá entendamos que no es posible el crecimiento infinito en un planeta finito, que hay un punto en que más es menos; que el verdadero poder, si lo hubiera, es el que uno tiene sobre su tiempo libre; que el trabajo no es una mercancía (Karl Polanyi), que no se reduce a eficiencia y productividad, ni mucho menos, y que la finalidad de la economía, en síntesis, no es el crecimiento sino el bienestar. De como actuemos en esta encrucijada, y sobre todo, del viraje que demos a nuestras vidas en la pospandemia, habrán de hablar los antropólogos del futuro con conmiseración o jactancia.  Puede ocurrir que sacrifiquemos la privacidad, y por su conducto, la libertad de pensamiento, cuando a la vulnerabilidad de la civilización adicionemos la de la cultura, o que fortalezcamos el sistema de salud como un bien público verdaderamente prioritario, no supeditado al concepto de rentabilidad, por supuesto, o nos interesemos en las teorías del decrecimiento.

Un trágico episodio como el que gravita alrededor del coronavirus revela con elocuencia la fragilidad del homo sapiens, la de su cuerpo vencido por un ser a mitad de camino entre la materia inerte y la materia orgánica, la de su psique reactiva al miedo, y aún a la ira y a la tristeza, así como el carácter interdependiente de la humanidad. Ha llegado la hora de revisar la manía de transmutar los medios en fines, como acontece con el dinero, la de convertir la salud en negocio, por ejemplo, y cuyas secuelas –impúdica concentración de la riqueza, políticos de alquiler o democracias prepago- comprometen el bienestar de la humanidad, su supervivencia, inclusive.

Hay quienes sostienen que habiendo llegado a cierto punto de avance tecnológico, una civilización fatalmente se destruye, y hay muchas maneras de hacerlo. Acaso sea esa la razón por la que nadie se ha comunicado con nosotros en el infinito o cuasi infinito universo o multiverso. ¿Seremos la excepción o la regla? El azar, en Wuhan, nos ha dado la ocasión de elegir. ¿Actuaremos a tiempo o a destiempo? Ahora no leemos la historia, la vivimos, en primera persona y en tiempo real.




La ciencia de hacerse rico, de Wallace Wattles


Durante mucho tiempo este libro (La Ciencia de Hacerse Rico de Wallace Wattles) me acompañó día y noche, en mis viajes, en mis insomnios, en los momentos donde perdía el rumbo, y en muchos otros. No era que tuviera todas las respuestas sobre el bien y el mal, dios o el destino del Universo, pero me daba un propósito, me marcaba un rumbo. No respondía a casi ninguna de las preguntas fundamentales, pero te da una pista fuerte.

Su mensaje es muy poderoso y he comprobado que funciona muchas veces, aún sin proponerme verificarlo. He pasado por el asombro en varias oportunidades, como si asistiera a un milagro. Pero lo más raro, un milagro anunciado.

Es un libro extraordinario, muy fácil de leer, muy bien escrito, y con un sentido didáctico muy claro y efectivo. Imposible no recordarlo hasta en sus más mínimos detalles, de tan bien escrito que está.

Luego recorrí otras historias, conocí otros mensajes y maestros, y encontré otros rumbos para mi ansiedad de saber, conocer, encontrar el sentido y el fin de las cosas. Pero este libro siempre quedó y quedará entre mis favoritos. Y sigo creyendo en él como el primer día. No te explicará los por qués del universo, pero te permite lograr muchas cosas.

https://vivir-mejor.blog/2020/01/28/la-ciencia-de-hacerse-rico-de-wallace-wattles/




¿Cómo se imaginan los futuristas el mundo tras la pandemia ?

A estas alturas, no cabe duda de que la pandemia de COVID-19 ha traído cambios a la sociedad y a la vida cotidiana: bloqueos, cierres, problemas de la cadena de suministro y la ralentización de la vida cotidiana. Pero quizás esto último sea lo que en realidad anhelamos en secreto: la desaceleración de la sociedad.

Hace cincuenta años, dos de los futuristas más reconocidos del mundo, Alvin y Heidi Toffler, publicaron Future Shock, un libro sobre la aceleración de la vida. Los Toffler sugirieron que muchas personas tendrían dificultades para lidiar con más cantidad de cambios y, como resultado, sufrirían un choque social o personal. «Cuando Alvin y Heidi escribieron Future Shock, no se consideraban futuristas», dice Maria Bothwell, presidenta de Toffler Associates, «pero estaba claro que habían tocado la fibra sensible en una sociedad global que se enfrentaba a una alta cifra de cambios sin precedentes». Si la gente puede o no sobrevivir al shock depende de su grado de adaptación, añade.

Un «fatalista» del futuro

El astrónomo británico, Sir Martin Rees, es un «apocalíptico» autoproclamado de las pandemias. «Los motivos para el pesimismo son que tales eventos pueden ser recurrentes, que los ‘malos actores’ diseñarán y lanzarán variantes más virulentas y transmisibles», dice Rees. «Eso ya se puede hacer con la gripe y la viruela. Afortunadamente, este nuevo virus es más complejo, pero probablemente sea solo cuestión de tiempo antes de que pueda ser pirateado también», subraya. En su trabajo más reciente, On the Future, habla en detalle sobre las pandemias y la consecuente interrupción social. Según el astrónomo, no habrá «ningún lugar para esconderse» del colapso económico en nuestro mundo interconectado.

«El escenario optimista es que este será un hecho ‘único’ del que nos recuperaremos, habiendo aprendido al menos dos lecciones», dice. «Primera, no deberíamos depender de cadenas de suministro largas y no resistentes. Necesitamos invertir en capacidad adicional, en personas y equipos, para hacer frente a tales hechos», aclara.

Y la segunda es que podemos aprender que no es necesario que los trabajadores de la ciudad pasen «una o dos horas desagradables» cada día viajando entre sus casas y la oficina, afirma.

Susan Schneider, directora de la organización AI, Mind and Society Group, en la Universidad de Connecticut, cree que «la pandemia acelerará el desarrollo de la infraestructura necesaria para apoyar la infraestructura del trabajo online”.

Hambre de experiencias normales

Pero, ¿puede la tecnología solucionarlo todo? Según el músico y tecnólogo creativo Matt Black «hay comunidades en línea, pero mi impresión es que la gente tiene mucha hambre de experiencias ‘de la vida real’. Internet podría facilitar las cosas. Pero se trata del mundo real”.

A la estadounidense Schneider le intraquiliza que perdamos el factor humano: «Me preocupa que en un mundo posterior a la pandemia, las corporaciones puedan hacer menos uso del trabajo humano, reemplazando a los trabajadores humanos con automatización e inteligencia artificial. Las computadoras y los robots no se enferman», afirma.

David Chaum, un pionero criptógrafo, cree que el miedo a infectarse con el coronavirus está limitando las interacciones «en persona», dice, forzándonos a un «uso cada vez más escalofriante de los sistemas online» y la comunicación electrónica.

«Lo que se necesita es un sistema en línea que proteja la comunicación en persona, no solo lo que se dice sino también los ‘metadatos’, con quién y cuándo se habla», dice Chaum.

Por el contrario, Tobias Gantner, CEO de HealthCare Futurists, cree que «tenemos que despedirnos de nuestros conceptos de seguridad de datos». «Si observamos el desarrollo de biomarcadores acústicos donde, a partir de fragmentos de voz, se puede detectar una predisposición a tener Parkinson o depresión. La seguridad de datos es algo para las personas sanas. Si alguien es una persona de riesgo, las probabilidades cambian rápidamente, se vuelve partidaria de compartir o ceder datos».

Población menos respetuosa y egocéntrica

Ruben Nelson, director ejecutivo de Foresight Canada, opina que «nuestras poblaciones se han vuelto menos respestuosas, más egocéntricas y autocomplacientes». «Esas características se ven reforzadas por un mundo corporativo impulsado por las ganancias a corto plazo, con el apoyo de una industria publicitaria de miles de millones de dólares y gobiernos cómplices, que han idolatrado el crecimiento económico», afirma. Esta vez, el coronavirus «marcará y dividirá la historia humana», asegura.




Listo para el Gran Cambio? — El Coronavirus es el menor de tus problemas.

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, si no aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender” — Alvin Toffler

(Esta cita la tomé de una charla de Borja Vilaseca)

Desde hace años, diferentes voces nos advertían lo que se venía: Cambio Climático, destrucción de la capa de ozono, incendio de los grandes bosques tropicales, extinción de especies animales y vegetales, aumento de la temperatura global, derretimiento de los polos, hambrunas de proporciones bíblicas, sequías, terremotos, huracanes, inundaciones, millones de desplazados.

Peor aún, el modelo económico tenía que caer: Así como en su momento el ideal comunista cayó y hoy en día nadie niega que era una tremenda estafa; el sistema capitalista y la economía de mercado están colapsando sin que podamos hacer nada al respecto. Fue en 1971, cuando el presidente Nixon dejó de utilizar el patrón oro como respaldo y el mundo decidió adoptar el dólar norteamericano como divisa internacional. Hoy, casi 50 años después asistimos a la debacle del sistema económico como lo conocemos y a partir de éste preciso momento la incertidumbre será la constante y debemos aprender a vivir con ello.

Paralelamente, somos testigos de una pérdida de los valores tradicionales a todo nivel: Honestidad, responsabilidad, respeto, integridad, tolerancia, compromiso, confianza. Cuando menciono esto a personas jóvenes me miran como si yo fuera marciano o algo por el estilo. A veces me pregunto qué va a ser de ellos cuando nosotros ya no estemos.

Todo lo que está sucediendo es necesario?

-Sí, para el Despertar y Evolución de la Conciencia. Estamos asistiendo a un cambio de era, a un cambio de paradigma, todo lo que considerábamos “normal” deja de serlo. Lo que está pasando es como el atentado de las torres gemelas para las empresas aeronáuticas, un parte aguas, un antes y después.

Al escribir esto, millones de personas nos hemos quedado en casa acatando las medidas de sanidad y económicas para combatir la pandemia del Coronavirus. Dentro de semanas o meses esta situación será controlada, seguramente con miles de muertos, negocios quebrados, familias destruidas, países en caos total. Pero todo esto va a pasar y empezaremos la reconstrucción. Algo me queda claro: Nada volverá a ser como antes. La canciller alemana, Angela Merkel acaba de decir que “Alemania está enfrentando la peor crisis después de la Segunda Guerra Mundial” y no le falta razón, aunque muchos todavía no lo ven, como el presidente mexicano Lopez Obrador quien sigue participando en eventos masivos repartiendo besos y abrazos, haciendo caso omiso a las recomendaciones de la OMS. Muy pronto veremos cuál de éstas dos actitudes era la correcta.

Me viene a la cabeza una palabra que cobra total vigencia en este momento: RESILIENCIA: La palabra resiliencia se refiere a la capacidad de sobreponerse a momentos críticos y adaptarse luego de experimentar alguna situación inusual e inesperada. Es la aptitud que tiene una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro. En ocasiones, las circunstancias difíciles o los traumas permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y que el individuo desconocía hasta el momento.

Concretamente, ¿Qué podemos hacer cuando se haya controlado la pandemia y regresemos a nuestras actividades cotidianas pero que no estarán ahí donde las dejamos?

1. No nos preguntemos ¿Por qué ocurrió todo esto si no para qué? — Para crecer, para evolucionar. Nada cambia hasta que deviene insoportable.

2. Miremos hacia adentro de nosotros mismos: Conozcamos nuestro yo interior, sanemos nuestras heridas, cuestionemos nuestras creencias.

3. Desidentifiquémonos con el EGO (identificación con el cuerpo físico) y reconectemos con el SER (nuestra esencia, amor). Somos seres espirituales pasando por una experiencia terrenal. Es vital entenderlo de una vez por todas.

4. Desarrollemos la autoestima y la confianza. Tenemos una infinidad de recursos que no utilizamos y ahora es cuando más los vamos a necesitar. Cultivar la Inteligencia Emocional nos hará encontrar estabilidad en la inestabilidad.

5. Seamos dueños de nuestras mentes y aprendamos de una vez a controlar las emociones. En un mundo de incertidumbres, abrazarlas, así como al cambio permanente nos ayudará a salir de nuestra zona de confort.

6. Definamos y honremos nuestro propósito, tengamos una actitud emprendedora.

7. Desarrollemos nuestra marca personal, invirtamos en nosotros mismos. Tenemos que desaprender para volver a aprender y hacer algo revolucionario (aprender a aprender)

La pandemia del Coronavirus ha acelerado y/o mejorado cosas que todos sabíamos que venían pero no nos animábamos: Trabajo a distancia (de manera remota, teleconferencias, WhatsApp), Educación a Distancia (colegios, institutos, universidades), Telemarketing (compra y venta por Internet); será que desperdiciamos mucho al cocinar pero saqué la cuenta $$ y nos cuesta casi lo mismo ordenar comida que prepararla (y nos queda mucho tiempo para otras cosas), taxis compartidos (Uber Pool), Teleconferencias no sólo para empresas si no entre autoridades (alcaldes, congresistas, etc).

Conclusión:

1. Cuando termine el aislamiento domiciliario o toque de queda, el mundo que nos vamos a encontrar va a ser muy pero muy diferente al que dejamos.

2. Tenemos 2 opciones: O nos lamentamos y sufrimos de aquí en adelante o nos re-inventamos, innovamos, cambiamos, transformamos, rediseñamos; y crecemos. (¿Cómo te vas a ganar la vida?)

3. Debemos aprovechar estos días / semanas que nos quedan de encierro para evaluarnos, mirar hacia adentro y empezar el cambio. Mejor temprano que tarde. ¿Para qué soy bueno? ¿Qué puedo ofrecer (y que sea valioso)?, Qué trabajo me hace feliz? ¿Cuál es mi propósito?

4. Parece ser que esta forma de virus se originó en un mercado de pescado de la ciudad de Wuhan, donde las condiciones de higiene eran muy por debajo de lo humanamente necesario. Al final del día me pregunto: ¿Qué tal mi higiene mental? ¿Puedo controlar mis pensamientos?; ¿Y mi higiene verbal? ¿Soy impecable con mis palabras? ¿Qué puedo decir de la higiene de mis actos? … Tampoco salgo bien librado.

Hay mucha literatura, videos, memes sobre este tema. Hagamos un resumen personal y tomemos una decisión aquí y ahora. No esperemos la próxima pandemia.

Percy Bustes

https://medium.com/@percybustes/listo-para-el-gran-cambio-el-coronavirus-es-el-menor-de-tus-problemas-d90348f0669e




Despertar la consciencia es necesario para conseguir crecimiento personal

Adaysa Guerrero

– 05/06/2019 

La consciencia es definida como el conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones; pero también se refiere a la capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.

La consciencia del ser humano es capaz de despertar cuando desarrolla la capacidad de atención plena al momento presente. Ese estado de presencia le permite al individuo que sus pensamientos estén al servicio de la consciencia.

El despertar de la consciencia es un proceso que, tarde o temprano, les sucede a todos los individuos que inician el camino de la introspección.

Independientemente de que sea considerado un proceso de la nueva era, se trata de un estado del ser, que permite liberar la consciencia y observar la vida con un nuevo enfoque, dejando atrás prejuicios y creencias limitantes.

Un camino con varias etapas

El camino de la introspección usualmente se inicia en momentos de crisis y consta de varias fases, como confusión, inquietud y desorientación en sus etapas iniciales, así como equilibrio, serenidad y comprensión en sus fases finales.

Algunos de los períodos finales del despertar de la consciencia tienen que ver con la firmeza y la paciencia. La persona adquiere estas cualidades mientras supera la crisis.

Conforme avanza el trabajo interno que conlleva el despertar de consciencia, el individuo se da cuenta que ya no es la misma persona que era antes. Ante las cosas que solían ocasionarle discusiones o conflictos, elige permanecer en silencio, no por orgullo o miedo a la derrota, sino para preservar su tranquilidad.

Con el desarrollo de altos niveles de consciencia, el ser humano evoluciona, por lo que comienza a entender que la armonía y la tranquilidad aseguran la comprensión de todo. De hecho, comprende que hay situaciones que no merecen el enfoque permanente de su tiempo y atención. 

El despertar de la consciencia no es un recorrido fácil. Sin embargo, es el único camino que garantiza el crecimiento interior del individuo. Este proceso es arduo, y requiere de una inquebrantable franqueza, pero sus recompensas son enormes.

Conseguir despertar la consciencia

Uno de los ejercicios más poderosos de crecimiento interior consiste en prestar atención a las cosas que se hacen automáticamente, como respirar, parpadear o fijarse en los objetos que existen a nuestro alrededor.

Conseguir despertar la consciencia

Cuando la persona hace esto, permite que su cerebro trabaje con más libertad, sin interferencias de sus deseos.

Cuando ocurre el despertar de la consciencia, uno es es capaz de apreciar una nueva realidad y esto le permite alcanzar la trascendencia, entendida como el hecho de adquirir un nivel de consciencia superior, logrando comprender y no juzgar a los demás.

La importancia de la empatía y el respeto a los demás

Cabe destacar que todos los prejuicios hacia los demás son juicios enmascarados que el individuo tiene sobre sí mismo.

La importancia de la empatía y el respeto a los demás

De hecho, Deepak Chopra expresó en su libro “Las 7 leyes espirituales del éxito” que cuando el individuo se encuentre tentado de juzgar a los demás debe recordar que cada persona hace las cosas lo mejor que puede, desde su propio nivel de consciencia.

En efecto, el individuo que ha alcanzado altos niveles de consciencia adquiere la capacidad de establecer cambios para sí mismo y para el bien de los demás, viendo siempre lo mejor en todos los seres y elevándolos a lo mejor de ellos.

A menudo, las personas con niveles superiores de consciencia tienen un conocimiento profundo de la vida y tienden a inspirar a la gente que les rodea. No en vano, los demás procuran hacer lo que dicen o seguir su ejemplo.

De igual manera, toda percepción de la vida depende exclusivamente de un estado de consciencia. Por eso, el ser humano solo podrá ver aquello para que esté preparado para observar.

El individuo cuya consciencia ha despertado finalmente descubre que todo lo que experimenta en la vida es, en definitiva, para su crecimiento. Este descubrimiento lo cambia todo.

No hay que olvidar que la vida es cíclica, que todo pasa y todo cambia, incluida nuestra consciencia.

“Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la consciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma”. – Carl Gustav Jung.




El coronavirus es una llamada de atención a la humanidad.

a crisis del coronavirus está operando como una catarsis a todos los niveles. La evidencia de múltiples errores en la gestión y falta de previsión deja al desnudo la necesidad de revisar lo que hasta ahora no ha funcionado bien.

El siempre crítico David Korten, activista político y fundador de Yes! Magazine, exige desde hace mucho una nueva economía en comunión con el planeta Tierra y sus ciclos de vida.

En estos momentos de incertidumbre, Korten apela de nuevo a mejorar el sistema desarrollando las pautas que considera esenciales para poner fin a las fallas del sistema.

La rápida propagación del nuevo coronavirus ha llevado al gobierno, las empresas y la sociedad civil a tomar medidas dramáticas: cancelar eventos grandes y pequeños, restringir los viajes y cerrar los principales segmentos de la economía de los que casi todos dependemos. Es una demostración de nuestra capacidad, cuando el imperativo es claro, para una cooperación y cambio global profundo y rápido a una velocidad y escala previamente inimaginables.

Existe un deseo obvio de protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Pero también estamos viendo algo más a medida que las comunidades se movilizan para enfrentar la crisis: un sentido de responsabilidad mutua, que nace del reconocimiento de que, en última instancia, estamos obligados a un destino común. La velocidad del cambio global resultante está más allá de cualquier experiencia humana previa.

Al mismo tiempo, la crisis de la pandemia de coronavirus enfoca la atención en los Estados Unidos en las desastrosas deficiencias de un sistema de atención de salud rentable. Las empresas están compitiendo solo para aumentar su participación en los gastos de salud al tiempo que minimizan la cantidad de dinero que gastan en brindar atención.

Este sistema es razonablemente competente en brindar atención boutique para los muy ricos a precios exorbitantes, pero es desastrosamente deficiente para abordar las necesidades de atención médica de la gente común de manera asequible.

Es igualmente deficiente en anticipar, prepararse y responder a emergencias de salud pública como la que estamos ahora.

Siento que cuando nuestros ojos se abren a esta realidad, estamos viendo un despertar simultáneo al imperativo de lidiar con una serie de otras fallas del sistema que ponen en peligro nuestro futuro común. Por ejemplo:

  • Un sistema económico que valora la naturaleza solo por su precio de mercado, ignora los límites de la Tierra y destruye sin motivo la estabilidad de su clima y la salud y pureza de su aire, agua y suelo. Esto pone directamente en peligro nuestra supervivencia y bienestar.
  • Gastos militares que consumen más de la mitad de todos los fondos federales discrecionales para prepararse para las guerras convencionales del pasado y comprometernos en conflictos imposibles de ganar derivados del colapso ambiental y social. Esto representa recursos desperdiciados que se aplicarían mejor para abordar las fuentes subyacentes de las amenazas de seguridad actuales.
  • Un sistema financiero dedicado a generar ganancias especulativas para los más ricos sin la carga de contribuir a medios de vida significativos y seguridad para aquellos que realizan un trabajo útil. El dinero debe servirnos, no esclavizarnos.
  • Un sistema educativo que promueve la maximización de los rendimientos financieros personales como la obligación moral más alta para la sociedad. La educación debe prepararnos para transformar un sistema autodestructivo en uno que respalde nuestro futuro a largo plazo.

Durante demasiado tiempo, hemos ignorado las fallas de un sistema que reduce cada vez más personas a la falta de vivienda, el encarcelamiento, los campos de refugiados, el endeudamiento permanente y la servidumbre a las instituciones dedicadas al conflicto y la generación de beneficios financieros no ganados. Los desafíos son monumentales y es probable que se aborden solo cuando empecemos a comprender que los negocios como de costumbre simplemente no son una opción.

Esta es la llamada de atención de la humanidad. A medida que nos damos cuenta de la verdad del profundo fracaso de nuestras instituciones existentes, también nos damos cuenta de la verdad de nuestras posibilidades e interconexiones entre nosotros y con la Tierra.

Con ese despertar viene el reconocimiento de que ahora debemos aprender a vivir a la ligera en la Tierra, a no luchar más y a dedicarnos al bienestar de todos en un mundo interdependiente.

Nosotros en los Estados Unidos también enfrentamos un desafío especial. Tenemos muchas cosas que el mundo admira. Pero lejos de ser un modelo para que otros lo imiten, representamos un ejemplo extremo de lo que el mundo debe dejar atrás.

Como nación, hemos luchado durante demasiado tiempo por ideologías políticas simplistas que limitan nuestras opciones de otorgar el poder supremo al gobierno o las corporaciones, las cuales están controladas por los más ricos entre nosotros. La pandemia de coronavirus es un poderoso recordatorio de que un gobierno efectivo comprometido con el bien común es esencial para nuestro bienestar, y que no hay lugar en nuestro futuro común para los políticos comprometidos a demostrar que el gobierno no puede funcionar.

Necesitamos líderes comprometidos con un gobierno efectivo de, por y para la gente. Estos líderes deben reconocer simultáneamente que el bienestar colectivo de todos depende de las instituciones de los tres sectores (gobierno, empresas y sociedad civil) que son efectivas, comprometidas y responsables de servir al bienestar de las comunidades que crean ellos.

Estos son tiempos desafiantes y aterradores. A medida que respondemos a la emergencia del coronavirus y las necesidades inmediatas de las personas y comunidades afectadas por él, tengamos en cuenta también las necesidades y posibilidades sistémicas que expone la crisis. A pesar del trauma que nos rodea, abracemos este momento como una oportunidad para avanzar y crear un mundo mejor para todos.

David Korten
Autor estadounidense, ex profesor de Harvard Business School, activista político y fundador de Yes! Magazine

https://enpositivo.com/2020/03/el-coronavirus-es-una-llamada-de-atencion-a-la-humanidad-david-korten/