¿Cómo serán los negocios tras el COVID-19?

Estos son algunos de los cambios que podrían aplicar las empresas y comercios cuando se recupere la actividad completa tras la crisis del coronavirus.

¿Cómo serán los negocios tras el COVID-19?

Unsplash

Desde esta semana algunas empresas, principalmente, del sector de la construcción y el de la industria, han recuperado su actividad tras la decisión tomada por el Gobierno. Pero ese horizonte en el que todos los negocios que requieran una presencia física estén activos aun parece un poco lejano.

¿Cómo será ese futuro en el que los comercios, los restaurantes y bares, los lugares de ocio, etc volverán a abrir sus puertas? ¿Qué medidas tomarán? ¿Cómo se comportarán respecto a los clientes?

En una mesa redonda online celebrada hace unos días con algunas startups de los sectores más afectados por el coronavirus Luis Buzzi, responsable de las áreas de Turismo e Innovación en KPMG en España, ha lanzado algunos pronósticos para aportar luz a cómo podría ser el mundo empresarial post COVID-19.

DISTINTOS ESCENARIOS, DISTINTOS PRONÓSTICOS

“Los escenarios no serán igual para todos los sectores. Se prevé que en el ámbito del turismo en el cuarto trimestre aún sigamos por debajo que el año pasado. Por sectores cada uno tiene su escenario. Habrá curvas en forma de V, U o incluso de L. Esta última es la peor, claro, porque implica no volver a tener negocio”, subraya Buzzi.

“Los escenarios dependen de la evolución de la enfermedad y también de las medidas de control que han establecido los distintos gobiernos. La enfermedad podría estar contenida en dos o tres meses, pero habrá una política gradual de desconfinamiento. Vamos a entrar en recesión, y una recesión con pandemia no la hemos vivido, por lo tanto no sabemos cómo puede ser… También hay que plantearse si habrá rebrote, etc”, comenta el responsable de innovación de KPMG.

Buzzi vaticina que a partir de junio se empezarán a recuperar los viajes, aunque serán ‘de primera necesidad’, es decir, aquellos viajes de empresa imprescindibles o de reencuentro familiar. “Será turismo doméstico, sobre todo, a España. Todo el tema de eventos y viajes corporativos no lo veremos hasta el cuarto trimestre”, asegura. En este sentido, algo similar pasaría con los hoteles. “La gente va a querer salir. El turismo nacional crecerá”, defiende. No obstante, asevera que va a ser fundamental que se dé una colaboración público-privada para generar confianza y atraer de nuevo a los turistas.

En el ámbito de la hostelería el consultor espera que se de una recuperación más rápida. Sin embargo, vislumbra que lo que denomina como ‘efecto espejismo’. “Los locales estarán abarrotados porque estamos deseando salir, pero eso nos echará un poco para atrás. Tendrá un modelo de recuperación un poco más grande, si nos atenemos a lo que estamos viendo en otros países”. El 93% de la población china ahora mismo evita espacios públicos congestionados y reconocen que ha cambiado su estilo de vida”, subraya.

Así, en opinión del experto es muy probable que haya que dejar más espacio en los aviones o que los bares tengan que reducir el aforo. “Veremos cómo se conjuga todo esto con la rentabilidad”, reflexiona.

OTRO MODELO DE TRABAJO

Buzzi cree que todas aquellas empresas que durante la cuarentena han comprobado que son productivas al realizar el trabajo en remoto, levantarán más la mano con sus empleados. “El modelo de trabajo será más flexible. Hemos demostrado que podemos teletrabajar y que no lo hacemos mal. Es un modelo muy efectivo. También nos hemos dado cuenta de que tenemos que dar más tiempo de nuestro día a día a otras cosas además del trabajo. Seguramente pasaremos a un modelo capitalista ‘socioconsciente’, con un driver de contribución a la sociedad”, afirma.

Para el socio de KPMG la sostenibilidad y el aportar a la sociedad van a transformarse en elementos clave. El precio dejará de ser el principal motor del consumidor y éste empezará a valorar si parte de lo que se gasta va de alguna manera a algún aspecto humanitario o social. “Vamos a tener en cuenta también temas medioambientales. Los negocios que no aporten nada a la sociedad y solo aspiren a una reducción de costes o a aprovecharse de otras comunidades o entornos, no van a tener ningún futuro”, sentencia.

Otra cosa que podría ocurrir es que algunos negocios en manos de pequeñas empresas, como los hoteles y otros entrarán en ‘distrés’ y serán adquiridos. Es muy probable, según la visión de Buzzi, que se de produzcan operaciones como compras, fusiones, alianzas y estrategias de partnerships. 

El precio seguirá siendo un driver, pero la seguridad va a ser un elemento fundamental»

Los modelos de negocio cambiarán. Permanecerán aquellos que proporcionen valor. Habrá paquetes mucho más personalizados. Las experiencias cobrarán importancia para la búsqueda de momentos de relax que la situación de cuarentena ha generado. El precio seguirá siendo un driver, pero la seguridad va a ser un elemento fundamental. ¿Habrá un pasaporte virológico para moverse? ¿Tendremos hoteles y restaurantes COVID-free?”, plantea el experto.

A nivel tecnológico el consultor opina que va a darse una explosión de la inteligencia artificial y los modelos analíticos para conocer las necesidades concretas de los clientes y que triunfarán aquellas startups que puedan escalar rápidamente. Asimismo, señala que el blockchain va a ser una tecnología clave por sus posibilidades de trazabilidad y espera que haya aplicaciones móviles para comprobar que se respeta la distancia entre ciudadanos.

¿QUÉ PASARÁ EN EL MUNDO DIGITAL?

Un estudio realizado por Good Rebels y la Asociación de Marketing de España permite hacer un pronóstico de cómo podrían comportarse las empresas respecto al ámbito digital y el marketing. Un 83% de las empresas encuestadas considera que se priorizarán los canales de captación y venta digital y un 82% cree que se fomentará el desarrollo de nuevos modelos de negocio y la innovación.

Para el 78% de las compañías participantes la crisis del coronavirus hará que se acelere la adopción de una cultura digital y de teletrabajo. Además, más de la mitad de los profesionales está convencida de que se va a incrementar la inversión en recursos y aplicaciones tecnológicas entre un 5 y un 25%. Un 39% también augura que crecerá la inversión en aquellos aspectos relacionados con la experiencia de cliente.

Del barómetro se desprende que va a darse una considerable caída de los presupuestos de comunicación y marketing de las empresas. Solo un 6,9% de los encuestados vislumbra que el dinero destinado a estas partidas se mantendrá o mejorará. También se espera que las marcas exploren nuevas líneas de innovación de producto (72%), nuevos canales de awareness digital (reconocimiento), refuercen la inversión en programas de fidelización (69%) e impulsen estrategias de captación agresivas (55%).

https://byzness.elperiodico.com/es/empresarios/20200415/como-seran-los-negocios-tras-el-covid-19-7927790




KEN WILBER Y LA IMPORTANCIA DE LAS ESTRUCTURAS DE CONCIENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD

En su libro La religión del futuro, el fundador del Integral Institute y cofundador de Integral Life Ken Wilber pone en la mesa de diálogo la ciencia Occidental y la espiritualidad Oriental que, según afirma, «jamás se encuentran». Su objetivo es trazar un profundo análisis integral del conocimiento religioso y espiritual del mundo que se nutra, al mismo tiempo, de los grandes avances científicos.

En el artículo que aquí presentamos, extraído de La religión del futuro, Ken Wilber pormenoriza las diversas estructuras de conciencia en la espiritualidad para acercarnos a su comprensión.

cielo

Nuestra revisión global de los estados de conciencia y de su despliegue ha puesto de relieve que, por la razón que sea, la mayoría de los modelos occidentales de desarrollo no incluyen los grandes estados del desarrollo y que tampoco han tenido en cuenta cosas tales como la iluminación, el despertar o la metanoia. Estos, como ya hemos visto, se limitan a hablar de las estructuras de conciencia y de los estadios de las estructuras o visiones (que nos gobiernan tanto el modo en que despertamos como el modo en que nos desarrollamos). No está claro por qué, centrando su atención en las estructuras de conciencia y su desarrollo, los investigadores occidentales no tuvieron en cuenta los estados. Quizás fuese porque, cuando apareció la moderna psicología occidental, hacía mucho tiempo que la mayoría de las religiones habían renunciado al desarrollo de los estados contemplativos y no había, en consecuencia, muchas personas que hubiesen alcanzado estadios de los estados superiores al ordinario o al sutil.

Pocas oportunidades había, en esas condiciones, para cobrar conciencia de un posible desarrollo de estados. Las estructuras, por su parte, aunque no resulten accesibles a la introspección, la fenomenología, la meditación o la contemplación (y que rara vez se encuentren, como ya hemos dicho, en las distintas tradiciones de sabiduría), se ponen claramente de relieve a través de estudios como, por ejemplo, el estructuralismo evolutivo. Por eso, los modernos investigadores que han utilizado estas herramientas han llegado de manera casi unánime a la conclusión de que todo ser humano empieza su vida en algo semejante al estadio arcaico (sensoriomotor, fisiológico/alimentario, indisociación/fusión) y que, desde ahí, empieza su proceso de desarrollo a través de una secuencia de distintos estadios de las estructuras que va desde el estadio mágico hasta el mágico-mítico, el mítico, el racional y otros estadios superiores.

No es de extrañar, por tanto, que los estudiosos del desarrollo adviertan la presencia, en todos los seres humanos, de los mismos niveles en todas las líneas estudiadas. También hay que incidir en el hecho de que el desarrollo de los estados es un proceso generalmente voluntario y elegido.

La religion del futuro.jpg

Quien quiera cambiar su centro de estado de gravedad desde el estado ordinario hasta el sutil, el causal, etcétera, deberá asumir una práctica o una serie de prácticas concretas, algo a lo que muy pocas personas se muestran dispuestas.

A diferencia, pues, de lo que pasa con el desarrollo de las estructuras, que se suceden de manera natural a lo largo del proceso de desarrollo, el desarrollo de los estados es algo raro, esporádico y, a menudo, idiosincrático. Como el desarrollo de las estructuras ocurre en todo ser humano, independientemente de que lo decida, las poblaciones examinadas por los desarrollistas mostrarán varios estadios de las estructuras, pero muy pocos —si es que descubren algunos— estadios de los estados. De ahí la predominancia, en los modelos occidentales modernos, de una secuencia de estadios de las estructuras (o niveles de la evolución) que se ven obligados a atravesar las distintas inteligencias múltiples (o líneas del desarrollo), es decir, de líneas que atraviesan distintos niveles o de aptitudes horizontales que atraviesan distintas altitudes verticales. Estos niveles se hallaban por doquier mirase el desarrollista, lo que explica que sus modelos, mapas y teorías se centren casi exclusivamente en ellos.

No es que los modelos occidentales fuesen especialmente antiespirituales, seculares ni que se empeñasen en eludir los estadios transpersonales, sino simplemente que eran muy pocas las personas estudiadas que habían alcanzado esos niveles superiores.

Y ello no solo afectó, como acabamos de ver, a los estados superiores, sino también a las estructuras más elevadas. Cuando los investigadores evaluaron a las personas utilizando instrumentos o metodologías como el estructuralismo dinámico, por ejemplo, descubrieron que la gran mayoría detiene su proceso de desarrollo adulto en alguno de los estadios de la conciencia de primer grado (como, por ejemplo, la religión fundamentalista mítica, el materialismo científico racional moderno o el multiculturalismo postmoderno).

Es muy extraño que el individuo se desarrolle hasta los escalones-estructuras integrales propios de la conciencia de segundo grado, y más todavía que llegue a los escalones-estructuras supraintegrales característicos de la conciencia de tercer grado. De hecho, la investigación basada en la obra de Clare Graves realizada al respecto sugiere que el porcentaje de individuos que actualmente han alcanzado la conciencia de segundo grado gira en torno al 5%, el de quienes han alcanzado el estadio superior de la conciencia de segundo grado (es decir, el nivel visión lógica superior, centauro tardío o fulcro 8) es de un 0,5% (lo que significa, 1 de cada 200 personas) y que el número de quienes se hallan en la conciencia de tercer grado es solo, en el mejor de los casos, una décima parte de eso. No es de extrañar, por tanto, que, cuando el investigador estudie la población promedio, muy pocos de los cuales son meditadores avanzados, descubra muy pocas personas que hayan alcanzado la conciencia de segundo grado y mucho menos todavía las estructuras transpersonales, supraintegrales o espirituales del desarrollo propias de la conciencia de tercer grado.

Conviene subrayar una vez más que no se trata de que los investigadores occidentales fuesen deliberadamente antiespirituales, sino que muy pocas de las personas a las que investigaban estaban comprometidas en prácticas que se ocupasen de estados más elevados (más allá de ordinario o sutil) o de estadios de las estructuras más elevados (más allá de la conciencia de primer grado). Y, como muy pocas de las personas que estaban investigando se habían adentrado en los reinos prepersonal y personal, no es de extrañar que los investigadores soslayasen los niveles transpersonales y transracionales auténticamente espirituales (y muy distintos, por cierto, al nivel de la religión mítica prerracional).

Merece la pena recordar que, al descubrir la dirección clara y evidente del desarrollo evolutivo —que va desde lo prerracional hasta lo racional e incluso a niveles superiores aparentemente transracionales—, postularon, más allá de las estructuras-niveles superiores de la conciencia de segundo grado, la existencia de niveles transpersonales, místicos y espirituales más elevados. Lawrence Kohlberg, por ejemplo, afirmó que, más allá de su nivel más elevado (el nivel 6), había un séptimo nivel al que denominó universal-místico. Abraham Maslow, por ejemplo, descubrió, más allá de su nivel de autorrealización (segundo grado), un nivel más elevado al que llamó autotrascendencia (transpersonal de tercer grado), y Susanne Cook-Greuter expandió el espectro del desarrollo del ego de Jane Loevinger más allá del centauro de segundo grado en busca de estadios de tercer grado, cosa que también hicieron Jenny Wade y Clare Graves.

En general, Occidente es Occidente y Oriente es Oriente y (aparentemente) jamás se encuentran. Los sistemas orientales (y los sistemas contemplativos occidentales) trabajaban con estados y estadios de los estados del desarrollo, es decir, con el despertar (en comunidades de personas que habían asumido voluntariamente prácticas meditativas o espirituales que les permitían acceder a los estados elevados de conciencia que tan cuidadosamente estaban cartografiando), razón por la cual incluyeron, en sus mapas, estados elevados de iluminación, despertar y liberación.

Los sistemas occidentales, por su parte, trabajaban con estructuras y estadios de las estructuras y se concentraban en el desarrollo, pero sin llegar a incluir, por las razones anteriormente aducidas, los estadios más elevados del desarrollo (es decir, los niveles transpersonales y supraintegrales propios de la conciencia de tercer grado). Así pues, las teorías occidentales se centraron en la verdad relativa, pero sin la menor comprensión de la verdad última, del despertar y de la liberación, mientras que los sistemas orientales se dedicaron a hablar de la verdad absoluta, la iluminación y el despertar último y tenían, en consecuencia, comprensiones muy pobres y limitadas de la verdad relativa y de las estructuras del desarrollo.

Por eso, durante casi toda la historia de la humanidad, estas dos importantes secuencias del desarrollo —los estados del despertar y las estructuras del desarrollo— nunca han llegado a complementarse adecuadamente.

A ello se debe, por desgracia, que la humanidad —tanto oriental como occidental— haya estado, hasta la fecha, tan profundamente fragmentada. Podemos ver muestras evidentes de esta fragmentación en casi cualquier área en la que miremos, desde la filosofía hasta la psicología, la teología, la meditación, el gobierno, los sistemas legales, los sistemas educativos, los sistemas familiares, los acuerdos empresariales y financieros y las relaciones de sexo y de género, por nombrar solo unas pocas. La historia de la humanidad ilustra perfectamente la historia de esta fragmentación.

Una de las ventajas de la teoría integral es la de unificar ambos ejes del desarrollo, una actividad que se ve favorecida por el descenso y la emergencia de los niveles integrales propios de la conciencia de segundo grado dispuestos a emprender este tipo de tareas totales.

Los estados y las estructuras son muy importantes, pero por razones muy distintas. Aquellos nos abren a dominios cada vez más profundos de la realidad, a reinos de la Talidad de la Presencia cada vez más próximos a la Vacuidad última, la Realidad absoluta y la Gran liberación.

Los rasgos profundos de esos estados/reinos determinan los fenómenos que emergen (objetos ordinarios, objetos sutiles, objetos causales y objetos no duales) o, dicho de otro modo, el estado es el que determina el qué de la manifestación. El desarrollo a través de los estados nos hace cada vez más presentes a la Presencia, el núcleo mismo de la Realidad tal cual es, su Talidad, Esidad y Esencia. Las estructuras, por su parte, determinan cómo se interpreta y experimenta cualquier experiencia, incluidas las experiencias de estado y las experiencias meditativas. Una experiencia cumbre del reino causal superior, por ejemplo, estará marcada por los rasgos de las estructuras profundas propias de ese reino/estado, pero sus detalles y peculiaridades dependerán de la estructura que haya tenido la experiencia (en los 4 cuadrantes). Como ya hemos dicho en varias ocasiones, una experiencia mítica de lo causal es muy diferente a una experiencia integral de lo causal.

https://www.letraskairos.com/sabiduria/ken-wilber-y-la-importancia-de-las-estructuras-de-conciencia-en-la-espiritualidad




¿En qué consiste la Economía Basada en Recursos?

Empleamos sin cuestionar desde hace miles de años, un modelo económico basado en la escasez y en el dinero. La última crisis financiera y económica ha demostrado que este modelo está obsoleto, no refleja nuestra realidad, y que además está arriesgando nuestra supervivencia al destruir el medioambiente, provocar guerras, delincuencia, corrupción, pobreza, accidentes, abandono en la investigación científica, entre las cuestiones más importantes.

Desde hace algún tiempo conocemos el Proyecto Venus, y aunque con ciertas limitaciones, incongruencias y toques utópicos, es una opción que ofrece unos nuevos postulados para hacer las cosas de manera distinta.

¿Qué pasaría si no existiera el dinero pero conserváramos todos los recursos naturales, la tecnología y los conocimientos científicos de la actualidad?

Es bajo esta premisa que surge la Economía Basada en Recursos, definida como aquella en la que no se usa el dinero para resolver los problemas, sino los recursos disponibles. Para ello es necesario que todos los recursos naturales, conocimientos y tecnologías en el mundo sean declarados patrimonio común de toda la Humanidad.

Esta economía busca eliminar el mayor trabajo humano posible mediante la automatización, aprovechando al máximo los avances científicos y tecnológicos. Así como proporcionarle a cada ser humano el más alto nivel de vida posible, dándole acceso a todas sus necesidades, como vivienda, alimentación, salud, educación, entretenimiento, participación … sin necesidad de pagar, endeudarse o trabajar.

Lo que importa es satisfacer las necesidades humanas, no obtener ganancias económicas

Aunque inicialmente os parezca un acercamiento utópico e imposible, simplemente es una forma distinta (mejor, para sus creadores) de hacer las cosas. Difícil de realizar, ya que involucra a toda la población mundial en la comprensión de la idea, pero no imposible si su difusión y entendimiento tiene éxito.

Para entender una Economía Basada en Recursos, hay que entender primero que el dinero es una invención humana que surgió desde tiempos primitivos para intercambiar bienes y servicios que eran escasos y requerían de trabajo humano.

Si un bien o servicio es abundante y no es producido o distribuido por el hombre, no tiene sentido ponerle precio. Sería el caso del aire, la luz solar, la lluvia, y otros muchos recursos de valor incalculable.

Ahora bien, si la tecnología hace posible hoy en día producir más de lo que necesitamos, con muy poco trabajo humano, el dinero pasa de ser una necesidad a ser un problema, como ocurre con el desempleo tecnológico.

La automatización de tareas destruye empleos

Las empresas, para ser más competitivas, contratan cada vez menos personal humano, reemplazándolo por máquinas. En términos generales, las máquinas se averían menos, son más rápidas, más precisas y no forman sindicatos. Sólo requieren algo de mantenimiento, y muy pocas personas pueden encargarse de varias, a diferencia de los cientos de trabajos que éstas sustituyen. Y cada vez son más eficientes.

La energía es otro factor importante. En los inicios, los humanos usaban su propia fuerza, después la de los animales, la del vapor, los combustibles fósiles … Actualmente las herramientas y artefactos son más ecoeficientes y es posible hacer más cosas con menos energía, y además, ésta puede ser de origen renovable.

Si bien aparecen nuevas formas de trabajo, son menos que las que desaparecen. Y no parece haber un nuevo sector que dé empleo a miles de millones de personas. Antes era necesario que todas las personas trabajaran para producir bienes y servicios. Ahora la tecnología permite generar abundancia con muy poco trabajo humano. Los empleos ya no son una necesidad real, sino una necesidad ficticia para sostener una economía monetaria basada en la escasez.

Según los ideólogos de la EBR, la tecnología no ha resuelto ya todos nuestros problemas porque el sistema económico obstaculiza su aprovechamiento. Unas tecnologías son propiedad de empresas privadas que buscan obtener ganancias, otras tienen que competir con sectores poderosos y obsoletos, otras no pueden desarrollarse por falta de dinero, además de que los recursos naturales son propiedad de naciones o empresas que los explotan para sí mismas.

Si todas las necesidades de la población estuviesen satisfechas, es decir, si no existieran los problemas, la economía colapsaría. Pero el desempleo continúa creciendo y el sistema económico se vuelve cada vez más inestable, con el riesgo de un colapso inminente, no sólo por el desempleo, sino por el agotamiento de los recursos naturales y el deterioro ambiental.

Para obtener beneficios, las empresas necesitan vender constantemente. Eso es necesario para mantener la economía funcionando. Pero eso significa también gastar más recursos, así como mantener una escasez real o ficticia en distintos sentidos para elevar el precio de sus bienes o servicios.

Un método para lograrlo es destruyendo los excedentes. Si una cosecha es muy abundante, significa una baja en los precios. Esto desanima al vendedor, que lo puede llevar a destruir parte de la cosecha para elevar el precio.

Fomento de energía renovables, como la eólica

Otra forma de aumentar las ventas es produciendo artículos desechables o diseñados con lo conocido como obsolescencia programadaUn producto que dure toda la vida y sea actualizable evita que el consumidor compre otro nuevo o gaste en reparaciones y eso detiene a la economía.

Un método más es haciéndole creer al consumidor que lo que tiene no es suficiente, mediante publicidad constante y alentando la cultura del consumismo.

En nuestro actual modelo económico, el dinero es necesario cuando existe escasez y trabajo humano

En una EBR, sin la necesidad de obtener ganancias y sin la limitación del dinero, se podrían construir ciudades en las que la mayor parte de las tareas estuviesen automatizadas.

Viviendas edificadas de múltiples formas en fábricas automatizadas, al igual que los automóviles. Los sistemas de transporte diseñados para evitar accidentes. Energía renovable y local, así como los alimentos, evitando malgastar recursos transportándolos de un país a otro. Bienes y productos fabricados con la mayor calidad posible, totalmente compatibles y con un diseño sostenible que permita su actualización. Esto no es utopía, es sentido común.

Para nuestros lectores ecointeligentes que todavía no conocían los postulados de la EBR, y para los que deseen profundizar algo más, además del citado Proyecto Venus, es interesante visitar el sitio web The Zeitgeist Movement.

Y tu ¿qué opinas? ¿utopía o cambio disruptivo?

https://www.ecointeligencia.com/2016/05/ebr-economia-basada-recursos/

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible, fundador de ecointeligencia y director de TIMUR




Volver a imaginar nuestro futuro colectivo después del coronavirus

La pandemia de la Covid-19 ofrece oportunidades inesperadas para reevaluar nuestras acciones y reimaginar nuestro futuro colectivo.


URL copied to clipboard

Read more!

Reciba su correo semanal  PROPONGA

Es evidente que está en marcha una tragedia humana provocada por la pandemia de coronavirus. Pero aunque algunas oportunidades quedan disimuladas detrás de los tapabocas, quizás la crisis ofrezca la oportunidad de reevaluar y reimaginar nuestro futuro colectivo.

Frente a la profunda injusticia social y el colapso del eco-clima, la necesidad de una transformación social a gran escala nos puede parecer obvia, pero el statu quo existente siempre tiende a prevalecer. Durante la Covid-19, ¿se alterará la vida tan profundamente que finalmente podamos romper con este patrón persistente?

Hay algunos motivos para la esperanza. La pandemia ha llevado inadvertidamente nuestras comunidades a lo que el sociólogo Karl Jaspers llama un «espacio liminal», un entretiempo en el que las viejas formas de vivir y pensar ya no son relevantes, pero todavía tienen que surgir nuevas formas para reemplazarlas.

También podríamos llamar a esto un espacio «luminal«: un tiempo de cálculo sin precedentes que expone la imaginación colectiva a la luz del día, con verrugas y todo.

Después de todo, la sociedad es posible gracias a la red invisible de significados que impregna la vida social: es a través de las redes y capas de significado que la sociedad sabe qué valorar, qué priorizar y qué trayectoria seguir.

La mayoría de las veces, estas redes y capas de significado parecen tan comunes que no las reconocemos como producto de nuestra imaginación colectiva. Esto es un recurso necesario para la interacción y la cohesión social, pero también es peligroso.

Por ejemplo, en la sociedad contemporánea pensamos que el crecimiento económico es un hecho necesario, pero la disposición a aceptar algo como un hecho nos hace impermeables a sus defectos, incluso cuando amenazan la salud y el bienestar de la población a la que la economía pretende servir, y cuando el crecimiento continuo pone en peligro a la propia Tierra.

Pero en tiempos como estos, tales profesiones de fe se ponen en evidencia por lo que son, y pueden ser más fácilmente desafiadas, mientras que lo que hemos dado por sentado durante tanto tiempo se revela como algo fuera de lo común.

La Covid 19 nos ha mostrado, por ejemplo, que algo tan mundano como un viaje al supermercado es extremadamente precioso. La idea de la escasez de alimentos, la vulnerabilidad de la cadena de suministro y la importancia de los trabajos «no cualificados» se hace mucho más evidente – piense en la considerable habilidad y competencia que han mostrado muchas tiendas de alimentos (tanto las independientes, como las cadenas) para hacer frente a las urgentes y complejas demandas que han surgido de repente.

Por el contrario, los llamados «creadores de riqueza» y los «trabajos basura» están demostrando que no son tan indispensables, después de todo. También vemos el papel central e insustituible que desempeñan los gobiernos: la necesidad de coordinación, de una comunicación clara y masiva, de apoyo financiero y de planificación que son fundamentales para el manejo exitoso de crisis como la del coronavirus. Estas no son cosas que las empresas o los ciudadanos puedan hacer solos.

El virus está exponiendo el hecho de que las ideas centrales del neoliberalismo – un Estado mínimo y la magia del libre mercado – son también ficciones de la imaginación social o pública.

Por supuesto, los gobiernos pueden responder de manera deficiente, mientras que algunas empresas pueden demostrar un verdadero propósito social y muchos ciudadanos muestran una gran eficiencia organizativa. Pero nada de esto reemplaza al gobierno. El virus está exponiendo el hecho de que las ideas centrales del neoliberalismo – un Estado mínimo y la magia del libre mercado – son también ficciones de la imaginación social o pública.

Lo que la sociedad ha valorado más -trabajos ejecutivos altamente remunerados- y lo que ha subestimado sistemáticamente -trabajos como la enfermería, labores de cuidado formal e informal, el cultivo de alimentos, las tiendas de comestibles y los servicios básicos de infraestructura- se están mostrando como elecciones equivocadas con importantes consecuencias sociales.

Además, el coronavirus nos ha mostrado la importancia irreductible de la acción personal. Lo «personal» no sustituye a lo «político», sino que constituye lo político. Excepto por una momento de pánico en las compras y unos pocos despreocupados que han tirado la precaución por la borda en aras de una noche de fiesta o unas vacaciones improvisadas, parece que la mayoría de la gente, en el Reino Unido y en otros lugares, han respondido con respeto a los repentinos y enormes cambios que se les han impuesto.

Nos hemos esforzado por asegurarnos de que nuestros parientes ancianos estén seguros y bien equipados; nos hemos puesto en contacto con viejos amigos, y hemos compartido servicios, ideas y bromas; y hemos celebrado la incalculable labor de los que están en la primera línea de la crisis. Los extraños se sonríen más entre sí mientras negocian una distancia segura en los incómodos cuellos de botella. En efecto, paradójicamente, más distancia puede acercarnos.

En general, no se trata de comportamientos forzados, sino voluntarios y espontáneos, y también son intrínsecamente políticos: ¿cómo podemos ayudar a los que necesitan asistencia urgente? ¿Cómo se ve el alivio de la carga en el sistema de seguridad social? ¿Qué necesitamos que el gobierno haga en este momento? ¿Cómo podemos demostrar gratitud por la dedicación de los demás?

El coronavirus revela que es crucial contar con una población de ciudadanos activos y creativos, en lugar de una población compuesta por meros consumidores aislados.

Vale la pena destacar este punto porque hay una narrativa influyente (incluso en el movimiento ambientalista) que trata de disminuir el papel de la acción personal – tal vez porque es más fácil justificar los comportamientos nocivos de esta manera (como volar largas distancias y comer productos animales).

En resumen, el coronavirus revela que es crucial contar con una población de ciudadanos activos y creativos, en lugar de una población compuesta por meros consumidores aislados, el papel que cada vez más nos asignan los demás en la política y los medios de comunicación. ¿Qué significa esto a la hora de reimaginar nuestro futuro colectivo?

En tiempos de crisis -ya sea una crisis de salud pública, un colapso del eco-clima o una injusticia generalizada- enviamos un mensaje a los políticos y a los conciudadanos en nuestro comportamiento cotidiano, así que ¿por qué no hacer que ese mensaje sea un mensaje de ciudadanía, comunidad y responsabilidad mutua en lugar de un derecho individual?

Cambiando la base de nuestro comportamiento de esta manera podemos crear una imaginación colectiva radicalmente diferente, una nueva visión para el futuro de la sociedad que esté enraizada en la igualdad y la solidaridad; una que valore las cosas y las personas que añaden un verdadero valor a nuestras vidas, en lugar de extraer valor para el beneficio privado.

Ahora es el momento de pensar en todas las cosas que sabemos que se deben hacer, pero que no queremos hacer, y en cómo incorporar estos cambios en nuestras vidas.

Si el sentido del derecho sustenta nuestra imaginación actual y conduce a nuestro más preciada figura – la «libertad de elección» (volar en vacaciones, comer lo que queremos, ver a quien queremos cuando queremos y consumir como queremos) – entonces el coronavirus nos está mostrando que lo contrario también puede ser cierto: que la mayoría de la gente no valora el derecho por encima de todo, sino más bien las virtudes del afecto, la vecindad, la amabilidad, el apoyo y la creatividad. Todo esto es necesario para crear una sociedad que esté a la altura del desafío de responder de manera justa, valiente e imaginativa a crisis que son aún más gigantescas que la de la Covid-19.

Pero ¿cómo hacer que estos nuevos patrones de comportamiento se mantengan? Se me ocurren dos ingredientes esenciales: la conciencia y la práctica. La conciencia significa ser abierto con nosotros mismos y con los demás sobre lo que estamos aprendiendo; la práctica implica poner esas lecciones en acción.

Por ejemplo, cuando hablamos por Skype o lo que sea con nuestros amigos, familias y colegas, por qué no hablar de cómo construir sobre lo que valoramos de la pandemia después de que termine, o escribir sobre nuestras experiencias desde la perspectiva de los demás.

¿Qué debe significar ser un trabajador de primera línea mal pagado, y qué dice eso sobre el cambio de la forma en que valoramos los diferentes trabajos en el futuro? Póngase en los zapatos de aquellos con enfermedades crónicas o discapacidades cuyas vidas están en permanente confinamiento, pero que son en gran parte olvidados al mismo tiempo que el resto del mundo galopa desbocado. ¿Cómo se puede cambiar la estructura del cuidado en la sociedad? ¿Y cómo podemos transferir las lecciones aprendidas de la Covid-19 a la lucha contra el colapso del eco-clima?

Ahora es el momento de pensar en todas las cosas que sabemos que se deben hacer, pero que no queremos hacer, y en cómo incorporar estos cambios en nuestras vidas. Podemos usar el espacio liminal de la pandemia para practicar la vida de diferentes maneras, ya sea a través del veganismo, el localismo, el apoyo de la comunidad, o arreglándoselas sin cosas o coches.

Por último, eso puede ayudar a seguir recordándonos por qué esto importa: porque estas oportunidades de reimaginar la sociedad son muy escasas, y porque se lo debemos a aquellos que han muerto. Por eso debemos salir de esta crisis en mejor de lo que entramos.




Las ciudades post-coronavirus: así va a transformar la pandemia el diseño urbano

El miedo a las multitudes, la distancia social, el teletrabajo, la prohibición de alejarse a más de un kilómetro de la vivienda, la pandemia del coronavirus y el confinamientohan cambiado nuestra forma de relacionarnos con la ciudad y también su diseño.

Las primeras modificaciones han sido rápidas y circunstanciales como las restricciones de paso, las mamparas en los supermercados, las marcas en el suelo o los balcones reconvertidos en centros de la actividad social.

Pero muchos de estos cambios, que van desde los materiales de construcción hasta la movilidad urbana, están asentando las bases permanentes de las ciudades post-coronavirus.

Las epidemias y las ciudades

«La arquitectura moderna tiene más que ver con la defensa de la salud que con cualquier otra cosa», defiende la arquitecta española Beatriz Colomina.

Las enfermedades y los avances en el diseño de las ciudades han ido históricamente de la mano. A inicios del siglo XX, los arquitectos tomaron más ideas de médicos y enfermeras que de la teoría de la arquitectura, en particular se inspiraron en el diseño de los sanatorios para tuberculosos.

En su libro X-Ray Architecture, Colomina examina cómo la obsesión con la tuberculosis provocó cambios en la forma de edificar y habitar con espacios más higiénicos, que evitaran la concentración de polvo y paredes blancas.

«La enfermedad es lo que modernizó la arquitectura, no sólo los nuevos materiales y tecnologías», explica en una entrevistacon la revista de arquitectura Pin-Up. «¿Por qué? Porque una de cada siete personas moría de tuberculosis en el mundo, pero en una gran metrópoli, como París, era más bien una de cada tres. Los arquitectos tenían una muy buena razón para querer limpiar, no sólo estéticamente».

Las primeras leyes urbanísticas nacieron en el siglo XIX durante la Revolución Industrial para controlar las enfermedades infecciosas. Se implantaron para aumentar el tamaño de las viviendas, como que hubiera ventilación o que llegara la luz del sol, fueron gracias al miedo a la pandemia, a la tuberculosis y a otras enfermedades similares, dice a Euronews Carlos F. Lahoz, profesor de urbanismo de la CEU San Pablo de Madrid.

El sociólogo estadounidense Richard Sennet escribió que este poder transformador reside en que las epidemias afligen tanto a ricos como a pobres en las ciudades.

Copyright 2020 The Associated Press. All rights reserved.Manu Fernandez

¿Es compatible la ciudad sana con la ciudad ecológica?

En el foro «Repensando el mañana» de Telefónica, Sennet dijo que teme que la ciudad sana que demanda la pandemia de coronavirus sea incompatible con la ciudad verde, que se basa en la concentración y densificación de los transportes colectivos.

«La ciudad sana requiere que el sector del transporte, garantice de alguna forma una distancia segura entre los viajeros, algo incompatible con la forma en la que los transportes públicos funcionan».

La solución para esto, dice que sería el concepto de “la ciudad de 15 minutos” que está desarrollando París, en la cual es posible ir a pie o en bicicleta a los nodos de trabajo o compras.

Pero esta situación está fuera del alcance de la mayoría de las ciudades pobres, donde los lugares de trabajo o los colegios se encuentran muy alejados de los barrios u otras formas de asentamiento irregular. “No tiene sentido decirle a alguien que pase tres horas pedaleando al trabajo y luego tres horas para volver”.

«La cuestión y la gestión de la densidad es clave para entender lo que significa esta pandemia para las ciudades», concluye Sennet.

Pero la densidad es la forma más sostenible de habitar, señala Lahoz, puesto que la concentración de los servicios permite su acceso a una mayor población. «Es muy difícil pensar en un mundo en el que la población es cada vez más numerosa que pase por un mundo disperso».

Copyright 2020 The Associated Press. All rights reservedFrancois Mori

La apuesta por la bicicleta

«El temor de todos los que pensamos y trabajamos en urbanismo de que las ciudades post pandemia vuelvan a abrazar al vehículo privado», escribe el urbanista José Manuel Guzmán en la plataforma especializada Transecto.

Una de las principales intervenciones higiénicas a corto plazo a raíz del coronavirus será inevitablemente el auge del transporte privado ante la aversión a los transportes públicos, coincide Carlos F. Lahoz, pero no cree que esto necesariamente tenga que significar un aumento en el uso del coche. «La bicicleta es la alternativa más barata y efectiva, para habilitar vías ciclables, no necesitas cambiar la morfología de la ciudad».

Este profesor de urbanismo sostiene que la pandemia no va a reducir los espacios de bajas emisiones en las ciudades europeas, sino que los va a consolidar y ampliar.

Los vehículos privados ocupan un espacio que se va a necesitar para ampliar las aceras del centro de las ciudades. En medio de la pandemia, es difícil imaginar la masificación a la que estaban habituados lugares como la Gran Vía de Madrid o los Campos Elíseos de París en tiempo de rebajas.

Lahoz prevé que en aquellas ciudades como Madrid en las que ya habían comenzado un auge de la bicicleta, este medio se consolidará.

Precisamente, la ciudad italiana de Milán ha anunciado que entre los planes para superar la emergencia del coronavirus se encuentra la habilitación progresivo de 35 nuevos kilómetros de pista ciclable entre mayo y septiembre.

Las ciudades francesas también apuestan por la bicicleta. El Gobierno francés ha destinado 20 millones de euros para fomentar el uso de este medio en París, Lyon, Lille o Montpellier.




Thoreau o la defensa de la vida salvaje

Una biografía definitiva detalla facetas nuevas del referente de culto de naturalistas

Lo dejó todo para irse a vivir a una cabaña y puso en práctica su experimento: dos años, dos meses y dos días con lo mínimo, “desnudo de equipaje” y sin cesar de investigar sobre el vínculo entre el hombre y la naturaleza. De esa experiencia vital que le marcaría surgió Walden , un libro de culto, aún hoy guía de muchos.

Henry David Thoreau fue tantas cosas que resulta difícil resumirlas. Agrimensor, conferenciante y fabricante de lápices. Naturalista, disidente, abolicionista, insumiso, ecologista, eremita, defensor de la desobediencia civil, Thoreau vuelve. Miradas de diversos sectores regresan hoy para rescatarlo como referente de quien fue, además, escritor, poeta y filósofo.

La profesora universitaria Laura Dassou Walls, autora de Henry David Thoreau. Una vida (Cátedra) explica cómo apareció el personaje en la suya. Un día sacó un librito verde de la estantería de una librería, “muy parecido a otro que había robado”. Tenía un título doble: Walden y Desobediencia civil. Abrió una página al azar y leyó: “Han pasado treinta años y no he recibido ni un buen consejo. No confiéis en nadie que tenga menos de treinta”.

Quedó atrapada, claro. De ahí surge este libro sobre el filósofo de la naturaleza que más ha influido en creadores posteriores y que se convierte en su biografía definitiva.

Henry David Thoreau (Concord, 1817-1862) construyó su casa en la Laguna de Walden, volvió a la esencia humana y en ella encontró lo social y lo emocional. El bosque, el universo, el respeto por la ley natural. Era capaz de leer en seis lenguas pero para él la literatura era sólo una: la universal. Los senderistas le adoran, los ecologistas también.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y libar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”, escribió.

Llevaba la insurrección en el ADN. Su abuelo materno, Asa Dunbar, ya había liderado en Harvard, en 1766, la “rebelión de la mantequilla”, que fue la primera protesta estudiantil registrada en las colonias americanas. Cuentan que Henry David Thoreau entró en Harvard como un chaval apocado de 16 años y salió de ella como un hombre trascendente, de ideas sólidas y, por supuesto, avanzadas a su tiempo.

Premoniciones y vigencia

Ecólogo, disidente, eremita, defensor de la desobediencia civil, Thoreau vuelve

Cruzó varias fronteras legales, dejó de pagar algún impuesto como queja simbólica (su oposición a la guerra mexicano-americana y a la esclavitud, gesto por el que acabó en prisión) y fundó junto a su hermano John una escuela donde estaba prohibido el castigo físico, que en aquella época era el pan de cada día. Más tarde sería la muerte de John –una infección al cortarse mientras se afeitaba– la que acabaría por sumir a Thoreau en una profunda tristeza, añadida a su inquietud habitual.

En marzo de 1845 William Ellery Channing (principal portavoz de los pastores unitaristas frente a los puritanos de Nueva Inglaterra) ya le había dicho: “Vete, construye una cabaña y comienza el gran proceso de devorarte a ti mismo, no veo otra alternativa ni esperanza para ti”.

Dos meses después, Thoreau se embarcó en ese experimento de dos años de vida sencilla que inició el 4 de julio de 1845, al mudarse a una pequeña casa que había construido en la tierra propiedad de Emerson (además de amigo, Thoreau fue instructor y cuidador de sus hijos) en un bosque de repoblación alrededor de las costas de Walden.

Eran catorce acres. Estaría a unos dos quilómetros y medio de su familia y no se desviaría de su experimento de absoluta observación, inmersión, en la naturaleza. Si le llamaban para una conferencia Thoreau contestaba: “Si voy al extranjero a dar una conferencia, ¿cómo podré recuperar el invierno perdido?”. Un argumento fiel a su famoso aforismo: “Vive en casa como un viajero”.

El libro distribuye todo ese valioso material para que nos sea útil ahora. Incluye material complementario: varios planos simplificados de la laguna de Walden, las cajas de lápices Thoreau, la reproducción de la popular portada de Walden con el dibujo que Sophia Thoreau hizo de la casa de su hermano, los muebles que diseñó él mismo, instrumentos de medición y objetos personales. También material fotográfico como el daguerrotipo tomado en Worcester y fechado en 1856, por ejemplo donde aparece con la típica “barba Galway”. Aunque, como detalla Laura Dasow, no había mucha imagen donde buscar: Thoreau sólo se sentó tres veces en la vida para ser retratado.​

Libros sobre los bosques y la vuelta a la naturaleza teñidos de reflexiones necesarias para la supervivencia del hombre contemporáneo –aquel que no quiera ser devorado por las prisas y el exceso– ya hace un tiempo que han vuelto al mundo editorial. Y parece que para quedarse. En ese sentido, obligatorio recordar el trabajo de la editorial Errata Naturae con un catálogo amplio y especializado.

Lo natural, sagrado

Creía que el más ligero cambio en la naturaleza podía llevar al fin de la humanidad

Y siguiendo al hombre que nos ocupa, el mensaje no se limita a la defensa de lo salvaje. Hay muchos otros frentes aliados a los que él mismo llamó “causas hermanas”: desde la causa contra la esclavitud a la defensa de la igualdad entre géneros o el derecho a ejercer de revulsivo antigubernamental, si se tercia. Ya Thoreau, defensor de causas justas, lo intuyó de joven: faltaba una interpretación que obligaba a remontarse al Manantial de la verdad.

Creía que incluso un ligero cambio en los procesos naturales –en invierno algo más de frío, una inundación algo mayor– podría llevar a la humanidad a su fin. La mínima y trivial modificación crea nuestro entorno. La realidad le está dando la razón. Dependemos, pues, de la naturaleza salvaje.

La influencia de la ciencia en las obras literarias de autores como Henry David Thoreau –no es el único, pero sí el referente– es crucial y, ahora que el equilibrio medioambiental se resquebraja más vigente que nunca. Si un autor apoyó insurrecciones, éste fue él.

Para la autora de la biografía, “fue un científico natural que nos dio la profunda poesía de la escritura de la naturaleza, un activista político que nos adelantó a adentrarnos en el gran experimento de la vida. ¿Dónde apunta el extremo de la flecha de Thahatawan? ¿Hacia el pasado o hacia el futuro?

Los últimos años, en Walden pasaban más de veinte trenes de pasajeros y otros tantos de carga, pero Thoreau quiso desafiar ese ruido diario del ferrocarril. Resistir. Los escritos de Thoreau pasaron a influir en muchas figuras públicas, desde líderes políticos y reformistas como Gandhi al presidente estadounidense John F. Kennedy o el escritor León Tolstói.

Martin Luther King anotó en su autobiografía que su primer encuentro con la idea de la resistencia no violenta fue la lectura de La desobediencia civil, de Thoreau, en 1944. Al fin de su vida, cuando ya sus bronquios dijeron basta, alguien le preguntó si ya se había reconciliado con Dios. Thoreau respondió: “Ignoraba que nos habíamos peleado”. El gran filósofo de la naturaleza murió a los 44 años y sus últimas palabras fueron: “Ahora viene la buena navegación”.

LIBROS SALVAJES PARA AMANTES DEL BOSQUE

Estos son algunos libros recomendados por el Consejo de Administración Forestal (FSC), que certifica la gestión sostenible de los bosques:

-El bosque. Intrucciones de uso (Obelisco), de Peter Wohlleben. Este guarda forestal sabe que en los bosques sucede mucho más de lo que parece y cuenta lo necesario para disfrutar una excursión.

-Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Galaxia Gutenberg), de Stefano Mancuso. El fascinante mundo de las plantas desde la ciencia: son sensibles, se comunican, duermen, memorizan, cuidan de sus hijos, tienen personalidad y toman decisiones.

-Invierno (Errata Naturae), de Rick Bass. En el valle del Yaak, en Montana, viven treinta personas, osos, lobos, coyotes… El autor, texano, relata su encuentro allí con el invierno, un paisaje feroz que reclama vidas para seguir avanzando.

-El diario del naturalista (Errata Naturae) de Nathaniel T. Wheelwright Bernd Heinrich. Dos reputados naturalistas enseñan cómo observar la naturaleza y sus cambios.

-Walden (Errata Naturae), de Henry David Thoreau.

-Diario Rural. Apuntes de un naturalista (Pepitas de calabaza) de Susan Fenimore Cooper. La hija del autor de El último mohicano relata la vida campestre en sus estaciones cuatro años antes que Walden.

-Laudatio Naturae (Línea del Horizonte), de Joaquín Araujo. Un libro dedicado al agua, el silencio, el vacío, los árboles, la vivacidad, los ciclos de la vida y la música de los pájaros.

-Un año en los bosques (Errata Naturae), de Sue Hubbell. Siguiendo el ejemplo de Walden, la bióloga marcha a la montaña con su marido, que pronto la abandona. A solas en el bosque crea su felicidad.

-Nuestra casa en el bosque (Volcano Libros), de Andrea Hejlskov. Una familia huye al bosque profundo para comenzar una nueva vida.

-El libro de la madera (Alfaguara), de Lars Mytting. Una guía sobre las mejores prácticas, un manual con consejos para elegir marido según el modo de apilar la leña y una meditación sobre el instinto humano de supervivencia.




«La vacuna del coronavirus ya la teníamos, y nos la hemos cargado»

ENTREVISTA A FERNANDO VALLADARES

La premisa de Fernando Valladares es que el virus es parte del ecosistema. Advierte de que puede ser el prólogo de lo que se nos viene encima si no cambiamos nuestra relación con la naturaleza.

Fernando Valladares trabaja en el CSIC. Se licenció hace 30 años con premio extraordinario y se doctoró con el mismo galardón. Su investigación aborda los impactos de los cambios climáticos en los ecosistemas terrestres, y durante la pandemia ha lanzado una serie de vídeos y artículos tremendamente llamativos, poco habituales en la prensa. Su punto de vista es macro: su premisa es que el virus es parte del ecosistema. Dice que el coronavirus puede ser el prólogo de lo que se nos viene encima si no cambiamos sustancialmente nuestra relación con la naturaleza.

PREGUNTA. Tengo la sensación de que en los últimos años se multiplican las enfermedades nuevas. El SARS, el MERS, el ébola, el zika… ¿Tenemos más información o realmente hay más brotes potencialmente peligrosos?

RESPUESTA. Hay más información y más capacidad para detectar patógenos, pero hay muchos más brotes de los que había hace 30 años. Tras esto, hay una combinación de factores. La degradación de los ecosistemas es uno fundamental: una fuente de problemas a muchas escalas. A esto hay que sumar la globalización, que hace que los patógenos viajen y contagien a una velocidad inédita. Ni la globalización es la misma ahora que hace 30 años, ni la población mundial es la misma ni el estado de la naturaleza es igual. Una zoonosis que entonces podía ser local deja de serlo a una velocidad brutal.

P. ¿Qué es la zoonosis?

R. Una zoonosis es una infección humana que tiene origen en un animal, mediada por un patógeno que puede ser una bacteria, un virus, un hongo, etcétera. Si en una ciudad china se produce una zoonosis, como ha ocurrido, la globalización hace potencialmente incontrolable ese brote, a no ser que se tomen medidas drásticas a una velocidad de vértigo. A escala global, es muy difícil. El Gobierno del país en cuestión puede ocultarlo, reaccionar tarde… Hay muchos factores para que una zoonosis puntual tenga hoy consecuencias catastróficas a escala mundial.

P. ¿Se sabe ya cuál ha sido el viaje del coronavirus desde el reino animal a nosotros?

R. Según la literatura científica, lo más probable hoy día es que el virus se haya originado en el murciélago. Allí ha estado mucho tiempo y ha podido evolucionar. El coronavirus específico que nos está afectando no es exactamente igual, ha mutado en otras especies animales intermedias. No se sabe exactamente cuántas y cuáles. Es una investigación tan apasionante como difícil, casi hay que cantar bingo, porque estudias el parentesco filogenético y te haces con una lista de sospechosos, pero luego has de dar con un ejemplar concreto que tenga el virus.

P. En este sentido, se habla del pangolín como ‘culpable’, pero me parece que se crea una imagen errónea, porque en esa ‘culpa’ sería fundamental la acción humana con esos animales. ¿Me equivoco?

R. No, claro que no. Es exactamente así. Primero, el que ha buscado el contacto con el animal no ha sido el animal. Segundo, en muchos de los casos, el animal es infeccioso porque lo hemos fastidiado.

P. ¿El virus es parte del ecosistema?

R. Sí. Tenemos que insistir muchísimo en que virus y patógenos hay por todos lados. Hay en el ladrillo de la entrada de mi casa, en una explotación forestal, en nuestras mascotas. Nunca vamos a poder matarlos a todos: no podemos matar a todos los murciélagos, a todos los pangolines, a todas nuestras mascotas, ¡a los ladrillos! Los virus están ahí. Lo que importa es en qué cantidad, y si estamos aumentando las posibilidades de que patógenos nuevos, para los que nuestro sistema inmune no está preparado, de pronto entren en juego. Si no es este virus, habrá otros. La cuestión no es “muerto el perro se acabó la rabia”, porque vendrá otra cosa, y lo transportará el gato, o el ratón. Demonizando bichos no vamos a arreglar nada.

P. Podría sonar paradojico, pero ¿a más especies animales menos posibilidades de que un animal nos pase un virus?

R. Sí. Lo que necesitamos son muchos bichos. Es el cambio de paradigma en el que yo quiero insistir. Vemos las selvas y otros parajes naturales salvajes con un temor ancestral. Nos parecen muy peligrosos para la especie humana respecto de las enfermedades. Pueden serlo, desde luego: puedes pillar un patógeno raro allí, pero esto sería una circunstancia muy local. Sin embargo, este proceso empieza a ser peligroso para la humanidad cuando los contactos aumentan de forma masiva. No es lo mismo que vaya un pequeño grupo de investigadores a la selva que grupos de turistas en autobús. Todas estas actividades llevan consigo una degradación del hábitat. Si tienes que hacer una carretera para llegar, empiezas a perder especies en el camino. Y aquí es donde entran los mecanismos que yo comento: la biodiversidad, un sistema natural rico en especies, nos protege; su degradación nos amenaza.

P. ¿Cómo nos protege la biodiversidad, exactamente?

R. Cuando hay muchas especies distintas, animales grandes y pequeños, carnívoros y herbívoros, mamíferos y reptiles, etc., se establecen relaciones de competencia, de depredador y presa, parasitismos, etcétera. Esta diversidad de interacciones hace que unas especies controlen a otras y regulen su población. Bien: ahora estamos en un escenario en el que no sabemos cuántos hospedadores hay para este virus. Pero sí sabemos que, en un sistema rico en especies, ningún hospedador favorable para el virus va a sufrir una explosión demográfica, porque su población está controlada por las otras. En cambio, si desaparecen especies, se puede dar la mala casualidad de que empiece a aumentar demográficamente una especie que es portadora de un patógeno potencialmente malo para nosotros. De manera que el primer nivel en que nos protege la biodiversidad es este: grupos de especies que controlan grupos de especies en un equilibrio.

P. ¿Es lo que usted llama “dilución de la carga vírica”?

R. Está relacionado, pero es distinto. Hay muchas especies potencialmente portadoras del virus, pero has de pensar que no en todas las especies el virus va igual de bien. En algunas, donde el virus va un poco peor, se produce un efecto cortafuegos. Esto se ha visto ya con evidencias. Siempre pongo el ejemplo de la enfermedad de Lyme, en este caso una bacteria, en la Costa Este de América del Norte. Esta enfermedad la transmiten las garrapatas, pero para ello tienen que estar un tiempo chupándole la sangre a algún mamífero. Entre los animales que tenían esta bacteria, y por tanto se la pasaban a la garrapata, que nos la pasaba a nosotros, estaban las zarigüeyas y los ratones. Pues bien: los ratones tienen una carga vírica muy alta, y las zarigüeyas muy baja. Cuando la biodiversidad está repartida entre ratones y zarigüeyas, la carga patógena media en las garrapatas que parasitan ambas especies es más baja que cuando desaparecen las zarigüeyas porque nos hemos cargado su hábitat natural. Desde este momento, los ratones transmiten la enfermedad de Lyme de forma mucho más directa y efectiva. Ahí te has quedado sin ‘dilución de la carga vírica’, y estás ante un nuevo brote con alta incidencia en humanos.

P. ¿Cómo afectan las condiciones sanitarias de un mercado, por ejemplo, en la capacidad de contagio de un animal que venden allí?

R. A los animales les pasa lo mismo que a nosotros. Si a ti te tienen metido en una jaula, te transportan 800 kilómetros y te dan de comer mal, y te hacinan, y te tienen así varios días hasta que por fin te venden para que te coman, tú has estado unos cuantos días estresado y tu sistema inmune baja, de manera que tu carga vírica sube. Esto no solo pasa con el coronavirus. Siempre pongo el ejemplo del herpes zóster: virus que tenemos y que, cuando el sistema inmune está bien, ni nos damos cuenta, pero en cuanto baja y aumenta nuestra carga vírica, se desarrollan los síntomas y nos convertimos en organismos infecciosos. Esto ocurre con los animales que se tienen en malas condiciones sanitarias: no solo ‘pobrecitos de ellos’, sino que se convierten en bombas de relojería biológicas.

P. ¿Dónde están instaladas estas bombas?

R. Tenemos esta combinación fatídica tanto en sistemas artificiales, como puede ser un mercado o una explotación ganadera —como vimos en la gripe aviar y la fiebre porcina—, como en la propia naturaleza cuando los ecosistemas se estropean. Si el ecosistema funciona bien, cada individuo, con su acervo propio de patógenos, está bien. Pero cuanto mayor número de elementos de estrés haya, el patógeno sube su carga vírica.

P. ¿Tiene algo que ver el calentamiento global con que haya más enfermedades que nos afectan a los humanos en los últimos años?

R. No solo el calentamiento, sino la destrucción de los ecosistemas provocada por distintas actividades humanas. Nuevos patógenos surgen por ejemplo con la desaparición de los hielos. Al fundirse glaciares y el permafrost, ya hemos visto nuevos virus, que estaban perfectamente congeladitos, y se ponen en circulación. Algunos de esos virus tienen potencial de afectarnos. Muchos son completamente desconocidos para la ciencia y no tenemos ni idea de qué función cumplen. Pero hay un riesgo.

P. ¿Cómo enfrentar esas pandemias futuras?

R. La mejor protección es la naturaleza. Es la mejor vacuna, y nos la hemos cargado. No me cansaré de repetirlo: la naturaleza hace una protección integrada. Igual no es perfecta, pero su protección es de amplio espectro, no te cuesta dinero, es sostenida y cumple muchas otras funciones. La naturaleza está de guardia las 24 horas del día. Los servicios que está haciendo para mantener las condiciones físicas, químicas y biológicas que reducen la carga vírica, para que los riesgos de la zoonosis tengan unas dimensiones pequeñas, son impagables. Vamos rescatando de la biobliografía y el conocimiento científico piezas que nos permitan saber con precisión cómo funciona esta protección, pero ya sabemos que es real.

P. Hay gente que piensa que el virus se originó en un laboratorio, que es una creación humana.

R. Hay negacionistas para todo. Esta mañana leía algunas cosas en Twitter que me producen vergüenza ajena y preocupación, porque empiezan a rescatar una y otra vez la teoría de la conspiración de los chinos, que hicieron esto en unos laboratorios, etcétera. Yo ya no sé, como científico, qué hacer para frenar esas conspiranoias peregrinas y paranoicas. Se sabe que el virus es de origen natural. No ha sido manipulado.

P. Aparte de la desaparición de ‘especies cortafuegos’, usted también señala los peligros de la desertificación en la expansión de epidemias, por otros motivos.

R. Sí. En el polvo del desierto y en la atmósfera contaminada, muchos patógenos aguantan más tiempo y viajan más lejos. Con esto no quiero decir que el polvo del desierto sea un medio de contagio peligrosísimo, pero son pequeños factores que, reunidos, aumentan la carga vírica generalizada. Uno de los conceptos importantes que hemos de dejar muy claros es que el contagio, con el virus, no es sí o no. Si a ti ahora mismo te viene un virus, ni te enteras. Pero si te vienen cien mil millones, tu sistema inmune colapsa. Por eso es tan importante el concepto de carga vírica. Pues bien: en la contaminación o el polvo del desierto, los virus permanecen en suspensión más horas. Entonces, si tú tienes a tu prima enferma y tose, y además respiras en una atmósfera contaminada, al final del día la carga vírica que tú has recibido por distintas vías es mayor, y las probabilidades de que un virus encuentre un momento en que tu sistema inmune esté más flojo, o una nueva vía de entrada a tu cuerpo, aumentan.

P. Además, según he leído, la contaminación también nos baja las defensas ante una epidemia respiratoria.

R. Claro. Lo mismo se aplica a la calima y al polvo del desierto. Te predispone a que la enfermedad respiratoria sea grave. Desde la ecología, muchas veces el mensaje es este: los problemas no son sencillos, tienen muchas causas y hay muchos factores. Igual que hay muchos animales portadores y muchas vías de llegar al virus, también hay muchos factores que lo pueden amplificar o atenuar. Y ahí es donde lanzo el mensaje de que una naturaleza que funcione bien, con unos ecosistemas ricos en especies y en procesos, es la mejor barrera contra patógenos.

P. Sin embargo, frenar ciertos procesos de degradación del medio natural significaría perder mucho dinero, ¿no?

R. A la hora de valorar los procesos naturales, se les pone el precio mal. Por ejemplo, se pone precio al valor de la madera contenida en un bosque, o a los procesos de polinización de las abejas. Pero ¿quién le pone precio a la función de protección ante la pandemia del coronavirus? Nadie está en condiciones de poner precio a eso, pero ahora sabemos que hubiera sido tanto dinero que no lo habríamos podido pagar. La función de protección de la naturaleza nos blinda ante virus como este y ante otros muchos. Desarrollaremos una vacuna y unos fármacos fantásticos que te atenúan los síntomas, pero será para este coronavirus. Mañana viene otro.Las súper bacterias resistentes se multiplican por la contaminación

P. En otras condiciones naturales mejores, ¿el coronavirus podría haber seguido existiendo sin que lo supiéramos?

R. Exactamente. Todo virus, bacteria, etcétera es parte del ecosistema. Si no nos afecta antes, o no nos afecta nunca, es en parte porque los ecosistemas están equilibrados. El coronavirus podría haber seguido existiendo en el mundo animal sin que nos diéramos cuenta, de no haber sido por una acción humana que ha terminado forzando la zoonosis. Es como si te metes en una selva y te quejas de que te ha devorado un jaguar, sin darte cuenta de que eres tú, con tu comportamiento, el que ha alterado el equilibrio del ecosistema y ha ofrecido al jaguar una fuente de nutrición inesperada.

P. Es fascinante que el virus ni siquiera esté propiamente vivo.

R. Sí, los virus son unos elementos fascinantes. Están ahí, en todas partes, encima de todas las superficies que pensamos que están limpias. Tienen una capacidad de mutar muy grande, y en realidad no son más que pinzas de información. Sin un lector al que conectarse (la célula), no son ni organismos, no son ni seres vivos completos. Por sí mismos, no hacen nada. Y van a estar ahí y han estado siempre. Hay que aprender a convivir con ellos. Algunos de nosotros sufriremos enfermedades. Intentemos que sean pocos. Pero hay que recalcar que los médicos solo tienen la llave de una de las puertas, y aquí hay un montón de puertas. Como se dice en Naciones Unidas, el planeta entero tiene una sola salud. Si provocamos un daño en un punto, no es una locura pensar que vamos a sufrir nosotros un daño en otro.

P. Los epidemiólogos se han quejado mucho de que no se les ha escuchado antes.

R. Y tienen toda la razón para quejarse. Han clamado en el desierto. Se hace mucho hincapié en lavarnos las manos, pero hay un paso previo en la prevención que es fundamental: lavarle las manos al medio ambiente. Ahora, cuando usamos guantes o mascarillas, no sabemos exactamente dónde estará el virus, nuestra protección es rudimentaria, probabilística. En cambio, una naturaleza funcional, donde la carga vírica global esté en niveles aceptables para nosotros y para todos los organismos intermedios que lidian con estos virus, la protección es enorme.

P. ¿Es un error pensar que estas enfermedades raras vienen de animales exóticos?

R. Y tanto que es un error. Ha salido un artículo que hace una revisión de los mamíferos en la Tierra y dice cuáles son los que tienen más virus y patógenos, y lo que es paradójico y triste es que nos rodeamos precisamente de estas especies. Hay 80 o 100 especies que se acostumbran a los hábitats degradados o semidegradados, con fuerte influencia humana, y están llenas de patógenos. Tenemos mucha tarea que limpiar ahí fuera. Nos viene bien que haya mucho de todo, no que haya mucho de unas pocas especies. Cuando determinados animales son los únicos que quedan, si les va mal a ellos, nos va mal a todos. En cambio, si hay especies alternativas, la función de control de patógenos no se pierde del todo aunque le vaya mal, por ejemplo, al jabalí. Y este es el mensaje que en esta pandemia tendríamos que aprender y aplicar.

P. Estos días salgo a tirar la basura y Barcelona huele a campo. Veo en internet imágenes de cervatillos por las calles de Burgos, delfines en el puerto de Málaga, y mis amigos me dicen que desde Madrid se ve la sierra como si estuviera al lado. Esto, que es agradable, ¿no estará infundiendo una idea errónea sobre la capacidad de restauración de la naturaleza?

R. Estamos tan escasos de buenas noticias que yo tampoco le aguaría la fiesta a la gente. Esas imágenes tienen una lectura que sí es incontestable: la naturaleza responde, tiene una capacidad sorprendente. Desgraciadamente, un mes o dos de confinamiento no van a resolver la erosión, la desertificación, la pérdida de especies o el cambio climático. De hecho, las especies que se aventuran en las ciudades son la primera tanda, las más adaptables y oportunistas. Ahora las ciudades están viendo mirlos, petirrojos… Bueno, no está mal. Si empezamos a ver ruiseñores o tarabillas, la cosa empezará a volverse más interesante. No es lo mismo ver un jabalí en la calle que una comadreja. Una compadreja te indica que el ecosistema ha recuperado mucho más que un jabalí.

P. ¿El calentamiento global provocará mayores daños que este virus?

R. Sí. Fíjate en las implicaciones económicas, sociales y psicológicas de este pequeño desajuste. Pues esto es un ensayo. Si recuerdas los incendios tremebundos de Australia, fue otro ensayo: fue una imagen del futuro. Un vistazo al fenómeno del fuego en escenarios de clima como los que se esperan para muchas partes del mundo. Aquello fue ver en el laboratorio australiano lo que puede ser habitual en un margen de 15 años. Y esto de las pandemias, que vendrán más, también lo es.

P. ¿No nos salvará la tecnología?

R. La naturaleza es la tecnología más avanzada que hay. Cuando la naturaleza no funciona bien, cuando traspasamos un límite en nuestra explotación de recursos, cuando se acumulan estos fenómenos de huella y degradación ambiental, ocurren estas cosas. Nos lanzamos hacia adelante pensando que la tecnología y la riqueza nos van a librar de todos los males, pero una economía que no tenga en cuenta la preservación del equilibrio natural será totalmente vulnerable ante estos golpes.

P. Luego vendrán los ‘capitanes a posteriori’ esos…

R. Pues dejemos claro el ‘a priori’. Hemos de ser proactivos y anticiparnos a las colisiones y a las crisis. Ahora sacan el vídeo de Bill Gates donde avisaba del peligro de esta pandemia, pero tienes un montón de gente inteligentísima avisando de las consecuencias del calentamiento y no haces nada. Ser proactivos nos permitiría hacer historia. Este experimento de confinamiento debería provocarnos suficiente trauma como para que frenemos y digamos: vamos a ver las causas últimas de esta pandemia. Porque a lo mejor el próximo patógeno resulta que no afecta al sistema respiratorio, ¿y de qué te sirven entonces los respiradores?

P. ¿Qué sería el éxito respecto de la lucha contra esta pandemia?

R. Cualquier éxito que tengamos contra este virus, después del daño que nos ha hecho, va a ser parcial y pírrico. Un éxito real hubiera sido que no nos afectase. Y no es imposible. Necesitamos una clase política que sea consciente del desafío. El éxito ante esta pandemia no es que podamos salir de casa, sino que el riesgo de volver a estar confinados, por esta enfermedad o por otra, sea tan bajo como era hace 30 años. Y no estamos como hace 30 años. Somos el doble de gente y tenemos la mitad de ecosistemas. Para volver a estas condiciones de tranquilidad, cuando las posibilidades de una DANA, de unos incendios como los de Australia o una pandemia como esta eran moderadas, pero bajas, tenemos que cambiar muchas cosas. Y no las estamos queriendo cambiar. Las medidas populistas y los parches no van a resolverlo, y estamos contra las cuerdas.

JUAN SOTO IVARS

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/2020-04-28/entrevista-fernando-valladares-coronavirus-vacuna_2569143/




Por las malas, el coronavirus nos hará entender que el dinero es un medio y no un fin

“Allí donde está el peligro, crece también lo que nos salva”, memorable verso de Hölderlin, en su poema Patmos, cuya vigencia se extiende, generosa, hasta nuestros días.

En particular, el verso del poeta alemán resuena como una evocación y un desafío, durante la pandemia que no sólo nos ha llevado a lidiar con el conflicto trágico entre la salud y la economía, sino que, además, nos hace monotemáticos. ¿Qué es entonces lo que nos salva no sólo del virus que nos asalta, sino, además, de los riesgos surgidos en el último par de siglos como serían el holocausto nuclear y el cambio climático, la sociedad del control y una inteligencia artificial emancipada de su artífice (en concordancia con un temor ancestral que se remonta a la leyenda del Golem)? Si el origen común de los peligros en cuestión no  es otro que la inmoderada ambición del homo sapiens que busca afuera lo que le falta adentro, una pregunta se impone enseguida. ¿Es posible hacer del reto que nos compete la oportunidad para repensarnos, para reiniciarnos, inclusive, como se estila en los cultos mistéricos por conducto de una experiencia extrema, según reza el guión del ritual oficiado en Eleusis? Intentaremos contestarla.

Si en lo relativo al coronavirus el número de contagios es proporcional al número de contactos, empezamos a entender que dependemos de los demás, como ellos de nosotros. Siglos después de la construcción del concepto de individuo, del latín individuus, indivisible, descubrimos el infundio, cuando reconocemos que el ser humano no adquiere su condición de tal haciendo abstracción de los demás, sino interactuando con ellos, para no hablar de la multiplicación de los yo de turno que rotan en el mismo cuerpo. No faltan los desvíos, sin embargo. En complicidad con la racionalidad instrumental, el ancestro reptil fomenta la codicia. En lo sucesivo, la naturaleza, el Estado también, se conciben como botín, y nuestros semejantes, como un medio y no como un fin. No en vano, Frans de Waal acuña el concepto de inteligencia maquiavélica para referirse al afán por acumular dinero y poder a ultranza, por sobresalir si fuera necesario o aún innecesario. No es la única pulsión que nos asecha, por fortuna. Como mamíferos sabemos que las crías mueren si no se les presta la debida atención, y más exactamente, si los adultos de su estirpe no se ocupan de ellas. Como mamíferos, hemos sido forjados por la solidaridad; verificada en el ámbito familiar, la hemos hecho extensiva, en alguna medida, a la sociedad, como quería Confucio. 

Mamífero y reptil, fue la doble condición del primate que se arrojó a la sabana a raíz de un cambio climático hace seis millones de años. Debiendo enfrentar en grupo feroces depredadores a riesgo de perecer si no lo hacía, el homínido articuló el individualismo con la solidaridad. De ese malabarismo surgió el lenguaje. Tarde o temprano el equilibrio fue roto. Cultos de salvación que nos dicen que el individuo se salva solo o se condena solo; capitalismo entendido como liberalismo económico, en tiempos de la globalización y el neuromarketing, que pone a competir a todos contra todos y en el que el estigma del pecador ha sido trasferido al perdedor, han socavado la solidaridad y potenciado el individualismo. Todo lo cual ha sido reforzado por las nuevas tecnologías, cuyas pantallas nos atrapan; ensimismados hacemos tránsito del consumo conspicuo (para humillar a los demás, de acuerdo con Veblen) al emocional (por el simple placer de comprar, según Lipovetsky) sin apenas notarlo.

No somos autosuficientes, dependemos de los otros. He ahí la moraleja derivada de la pandemia que nos aqueja, traumática experiencia que acaso azuce al mamífero y modere al reptil que cada uno lleva adentro. Quizá entendamos que no es posible el crecimiento infinito en un planeta finito, que hay un punto en que más es menos; que el verdadero poder, si lo hubiera, es el que uno tiene sobre su tiempo libre; que el trabajo no es una mercancía (Karl Polanyi), que no se reduce a eficiencia y productividad, ni mucho menos, y que la finalidad de la economía, en síntesis, no es el crecimiento sino el bienestar. De como actuemos en esta encrucijada, y sobre todo, del viraje que demos a nuestras vidas en la pospandemia, habrán de hablar los antropólogos del futuro con conmiseración o jactancia.  Puede ocurrir que sacrifiquemos la privacidad, y por su conducto, la libertad de pensamiento, cuando a la vulnerabilidad de la civilización adicionemos la de la cultura, o que fortalezcamos el sistema de salud como un bien público verdaderamente prioritario, no supeditado al concepto de rentabilidad, por supuesto, o nos interesemos en las teorías del decrecimiento.

Un trágico episodio como el que gravita alrededor del coronavirus revela con elocuencia la fragilidad del homo sapiens, la de su cuerpo vencido por un ser a mitad de camino entre la materia inerte y la materia orgánica, la de su psique reactiva al miedo, y aún a la ira y a la tristeza, así como el carácter interdependiente de la humanidad. Ha llegado la hora de revisar la manía de transmutar los medios en fines, como acontece con el dinero, la de convertir la salud en negocio, por ejemplo, y cuyas secuelas –impúdica concentración de la riqueza, políticos de alquiler o democracias prepago- comprometen el bienestar de la humanidad, su supervivencia, inclusive.

Hay quienes sostienen que habiendo llegado a cierto punto de avance tecnológico, una civilización fatalmente se destruye, y hay muchas maneras de hacerlo. Acaso sea esa la razón por la que nadie se ha comunicado con nosotros en el infinito o cuasi infinito universo o multiverso. ¿Seremos la excepción o la regla? El azar, en Wuhan, nos ha dado la ocasión de elegir. ¿Actuaremos a tiempo o a destiempo? Ahora no leemos la historia, la vivimos, en primera persona y en tiempo real.




Así es cómo hacer ejercicio aumenta tu capacidad de autocontrol


El autocontrol es una de esas características que siempre admiramos en los demás pero que no siempre es fácil practicar nosotros mismos: un dulce que nos encanta, una compra que queremos pero no necesitamos, una cervecita más… La tentación está por todas partes y resistirse no es divertido.

Por otro lado, a veces es necesario. No hablamos de no concederse jamás un desliz, pero vivir de desliz en desliz puede terminar teniendo consecuencias para nuestra salud, nuestro dinero o nuestra vida en general.

Hacer ejercicio puede ser una forma de ejercitar ese poder de autocontrol que todos necesitamos algunas veces, según la conclusión de un estudio reciente.

¿Puede el ejercicio favorecer el autocontrol?

La actividad física tiene un potente efecto psicológico, alterando para mejor nuestro estado de ánimo, ayudando a controlar algunas enfermedades mentales y facilitando el cambio de hábitos y patrones de comportamiento. Así que un equipo de científicos de la Universidad de Kansas decidió poner a prueba su influencia sobre la fuerza de voluntad.

Empezaron con un pequeño experimento piloto en el que dijeron a cuatro voluntarios, todos con vidas sedentarias y sobrepeso, que iban a someterse a un programa de entrenamiento que les prepararía para completar una carrera de 5 kilómetros, y que se analizarían los efectos de ese entrenamiento, incluidos los psicológicos.

nadar-deporte-fuerza-de-voluntad

La gratificación aplazada

El experimento incluía un cuestionario previo para analizar algunos aspectos de la personalidad del voluntario, incluida la capacidad de gratificación aplazada, es decir, de posponer una gratificación inmediata en favor de una mayor. Un ejemplo sería ser capaz de decir que no a un helado de chocolate a cambio de poder comerte dos más tarde. Es una forma generalmente aceptada de medir algo tan complejo como la capacidad de autocontrol.

Los voluntarios recibieron tres meses de entrenamientos en marcha y carrera, así como sesiones con los entrenadores donde recibieron consejos para mejorar su rendimiento. Cada semana repitieron los mismos cuestionarios del principio. Los investigadores descubrieron que tres de los cuatro voluntarios habían mejorado su autocontrol según las respuestas a las preguntas, mientras que el cuarto, que se había saltado varias sesiones de entrenamiento, no mostraba cambios significativos.

Cuatro son pocos para extraer conclusiones válidas, así que repitieron el experimento aumentando el número de voluntarios. Los resultados fueron los mismos: durante los tres meses de entrenamiento, y un mes después de haber terminado, los voluntarios reflejaron en sus respuestas una mejora en la capacidad de autocontrol a través de la gratificación aplazada, y la mejora era proporcional al número de sesiones de entrenamiento a las que hubiesen atendido.

correr-ejercicio-fuerza-de-voluntad

Sentirte bien ahora, o mejor después

Esto sugiere, según los autores, que el ejercicio es una forma eficaz y sencilla de mejorar el autocontrol, aunque estos resultados no indican cómo ocurre eso. Sin embargo, tienen algunas hipótesis. Por un lado, hacer ejercicio afecta a las partes del cerebro que participan en la toma de decisiones y las capacidades cognitivas superiores, lo cuál a su vez afecta al autocontrol.

Por otro lado, puede que se trate de un efecto psicológico. Hacer ejercicio es en sí mismo una gratificación aplazada para muchos de nosotros: nos cuesta y mientras lo hacemos no nos hace sentir especialmente bien, pero el sentimiento de satisfacción posterior nos impulsa a atarnos las zapatillas e irnos al gimnasio.

ROCÍO PÉREZ

https://www.vitonica.com/wellness/asi-es-como-hacer-ejercicio-aumenta-tu-capacidad-de-autocontrol