Por las malas, el coronavirus nos hará entender que el dinero es un medio y no un fin

“Allí donde está el peligro, crece también lo que nos salva”, memorable verso de Hölderlin, en su poema Patmos, cuya vigencia se extiende, generosa, hasta nuestros días.

En particular, el verso del poeta alemán resuena como una evocación y un desafío, durante la pandemia que no sólo nos ha llevado a lidiar con el conflicto trágico entre la salud y la economía, sino que, además, nos hace monotemáticos. ¿Qué es entonces lo que nos salva no sólo del virus que nos asalta, sino, además, de los riesgos surgidos en el último par de siglos como serían el holocausto nuclear y el cambio climático, la sociedad del control y una inteligencia artificial emancipada de su artífice (en concordancia con un temor ancestral que se remonta a la leyenda del Golem)? Si el origen común de los peligros en cuestión no  es otro que la inmoderada ambición del homo sapiens que busca afuera lo que le falta adentro, una pregunta se impone enseguida. ¿Es posible hacer del reto que nos compete la oportunidad para repensarnos, para reiniciarnos, inclusive, como se estila en los cultos mistéricos por conducto de una experiencia extrema, según reza el guión del ritual oficiado en Eleusis? Intentaremos contestarla.

Si en lo relativo al coronavirus el número de contagios es proporcional al número de contactos, empezamos a entender que dependemos de los demás, como ellos de nosotros. Siglos después de la construcción del concepto de individuo, del latín individuus, indivisible, descubrimos el infundio, cuando reconocemos que el ser humano no adquiere su condición de tal haciendo abstracción de los demás, sino interactuando con ellos, para no hablar de la multiplicación de los yo de turno que rotan en el mismo cuerpo. No faltan los desvíos, sin embargo. En complicidad con la racionalidad instrumental, el ancestro reptil fomenta la codicia. En lo sucesivo, la naturaleza, el Estado también, se conciben como botín, y nuestros semejantes, como un medio y no como un fin. No en vano, Frans de Waal acuña el concepto de inteligencia maquiavélica para referirse al afán por acumular dinero y poder a ultranza, por sobresalir si fuera necesario o aún innecesario. No es la única pulsión que nos asecha, por fortuna. Como mamíferos sabemos que las crías mueren si no se les presta la debida atención, y más exactamente, si los adultos de su estirpe no se ocupan de ellas. Como mamíferos, hemos sido forjados por la solidaridad; verificada en el ámbito familiar, la hemos hecho extensiva, en alguna medida, a la sociedad, como quería Confucio. 

Mamífero y reptil, fue la doble condición del primate que se arrojó a la sabana a raíz de un cambio climático hace seis millones de años. Debiendo enfrentar en grupo feroces depredadores a riesgo de perecer si no lo hacía, el homínido articuló el individualismo con la solidaridad. De ese malabarismo surgió el lenguaje. Tarde o temprano el equilibrio fue roto. Cultos de salvación que nos dicen que el individuo se salva solo o se condena solo; capitalismo entendido como liberalismo económico, en tiempos de la globalización y el neuromarketing, que pone a competir a todos contra todos y en el que el estigma del pecador ha sido trasferido al perdedor, han socavado la solidaridad y potenciado el individualismo. Todo lo cual ha sido reforzado por las nuevas tecnologías, cuyas pantallas nos atrapan; ensimismados hacemos tránsito del consumo conspicuo (para humillar a los demás, de acuerdo con Veblen) al emocional (por el simple placer de comprar, según Lipovetsky) sin apenas notarlo.

No somos autosuficientes, dependemos de los otros. He ahí la moraleja derivada de la pandemia que nos aqueja, traumática experiencia que acaso azuce al mamífero y modere al reptil que cada uno lleva adentro. Quizá entendamos que no es posible el crecimiento infinito en un planeta finito, que hay un punto en que más es menos; que el verdadero poder, si lo hubiera, es el que uno tiene sobre su tiempo libre; que el trabajo no es una mercancía (Karl Polanyi), que no se reduce a eficiencia y productividad, ni mucho menos, y que la finalidad de la economía, en síntesis, no es el crecimiento sino el bienestar. De como actuemos en esta encrucijada, y sobre todo, del viraje que demos a nuestras vidas en la pospandemia, habrán de hablar los antropólogos del futuro con conmiseración o jactancia.  Puede ocurrir que sacrifiquemos la privacidad, y por su conducto, la libertad de pensamiento, cuando a la vulnerabilidad de la civilización adicionemos la de la cultura, o que fortalezcamos el sistema de salud como un bien público verdaderamente prioritario, no supeditado al concepto de rentabilidad, por supuesto, o nos interesemos en las teorías del decrecimiento.

Un trágico episodio como el que gravita alrededor del coronavirus revela con elocuencia la fragilidad del homo sapiens, la de su cuerpo vencido por un ser a mitad de camino entre la materia inerte y la materia orgánica, la de su psique reactiva al miedo, y aún a la ira y a la tristeza, así como el carácter interdependiente de la humanidad. Ha llegado la hora de revisar la manía de transmutar los medios en fines, como acontece con el dinero, la de convertir la salud en negocio, por ejemplo, y cuyas secuelas –impúdica concentración de la riqueza, políticos de alquiler o democracias prepago- comprometen el bienestar de la humanidad, su supervivencia, inclusive.

Hay quienes sostienen que habiendo llegado a cierto punto de avance tecnológico, una civilización fatalmente se destruye, y hay muchas maneras de hacerlo. Acaso sea esa la razón por la que nadie se ha comunicado con nosotros en el infinito o cuasi infinito universo o multiverso. ¿Seremos la excepción o la regla? El azar, en Wuhan, nos ha dado la ocasión de elegir. ¿Actuaremos a tiempo o a destiempo? Ahora no leemos la historia, la vivimos, en primera persona y en tiempo real.

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